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Editorial

La insolidaridad del mundo rico facilita las mutaciones del COVID

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La variante ómicron del COVID-19 ha puesto de manifiesto la permanente insolidaridad que existe con el continente africano en todos los órdenes. Desde que se fraguó la primera de las vacunas, los expertos y científicos alertaron de la necesidad de extender la inmunización a escala planetaria para frenar la pandemia de forma global y no sufrir continuas variantes que nos devuelva a la casilla de salida. Sin embargo, los países más ricos se apropiaron de las patentes y de los contratos más jugosos para administrar las dosis, en primer lugar, a sus conciudadanos para después preparar la segunda sin importarles la lenta campaña de vacunación en el Tercer Mundo.

Naciones Unidas y la Organización Mundial de la Salud han sido, en este sentido, muy rotundas a la hora de incentivar la vacunación en los continentes con más dificultades y acceso a las grandes farmacéuticas. Pero el resultado ha sido nefasto. Mientras que Occidente y parte de Asia cuentan con tasas de vacunación cercanas al 60% de la población, los países africanos, por ejemplo, no sobrepasan en su conjunto el 11%. Esta terrible diferencia se ve ahora agrandada con el cierre de fronteras de aquellas naciones donde han surgido estas nuevas variantes y, por tanto, añade un motivo más de estigmatización a sociedades duramente golpeadas por la pobreza, la falta de recursos y la inseguridad. Los grandes laboratorios y el grupo de países ricos han demostrado un cinismo sin parangón cuando tenían que desechar dosis caducadas o cuando han hecho llamamientos para la tercera inoculación para reforzar a la población más vulnerable. Mientras eso sucedía, la pandemia hacía estragos en zonas como África, América Latina y partes de Asia donde apenas se había administrado un 1%.

Al igual que el cambio climático ha obligado a crear una especie de gobierno supranacional para abordar el imparable deterioro del planeta, urge por parte de las organizaciones internacionales auspiciar una coordinación que obligue a las farmacéuticas y las potencias mundiales a facilitar el acceso a las vacunas para frenar de forma conjunta la gran epidemia de los últimos siglos. Y para ello es necesario una respuesta rápida y eficaz de la OMS que comprometa a los laboratorios a guardar cupos para aquellas sociedades menos inmunizadas y a los países ricos a destinar parte de las compras a los más pobres. Solo así se podrá acorralar a un virus que no conoce de fronteras. No se puede tirar por el egoísmo de unos pocos el avance científico y el esfuerzo de los ciudadanos por sobrevivir a una enfermedad que de alguna manera ha llegado para quedarse.