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María Antonia Velasco

María Antonia Velasco


Nuestros pintores

13/12/2021

Que el hombre está gloriosamente loco lo confirmó el arte. Esa manía suicida de manipular y trastocar lo dado y alzarse con un producto a medias entre la demencia y la fantasía, define al artista desde el día que pintó un bisonte despatarrado en el techo de una cueva. Los entendidos dicen que en el principio, asustado por el desconcierto de un mundo inmenso y móvil, el hombre enfermó de agorafobia y hubo de idear y posteriormente extraerse de entre las cejas, en un auténtico parto de los montes, una pijadita, un punto negro, una rayita descuidada, un color, para iniciar lo que ahora llamamos pintura, para poder posar el ojo y encontrar en el desorden universal algo de orden y paz. La primera pintura fue geométrica y abstracta: la matemática se consideró la forma más alta del arte. 
Claro que eso fue antes.  Cuando la pintura se inclinó por el retrato, se enamoró de los jardines y del color de las flores, la cosa se fue complicando. El cielo también era un reto... esas nubes desdibujadas , los astros en su altura…  complicó un poco más las cosas. Luego se inició el retrato que exigía un parecido. Y el parecido acabó por materializarse.
En el rostro  de esa  mujer  pintada por da Vinci  –La Mona Lisa–, se adivinan cosas erráticas detrás de su expresión. Desde entonces hasta ahora el mundo ha sido domado como un caballo loco, aunque eso fue antes, ahora estamos en el hiperrealismo de la televisión: en la falsedad de esa pintura empezamos entreteniéndonos, como dije antes, observando los juegos de luz y la sonrisa de la Mona Lisa, esa mujer tan rara pintada por Leonardo y acabamos viendo el volcán de La Palma  y todas las cenizas de esas chimeneas que acaban en las fajanas. Ahora el mundo está más retratado que nunca, gracias a las tecnologías que nos acompañan.
Esto tiene una larga historia. Antes de Leonardo el artista era un funcionario que debía besar, nada más despertarse, la mano de su príncipe. En aquella prehistoria Uccello iluminaba dragones con alas bordadas a punto de cruz y jinetes de plata repujada. Boticcelli logró escenas claras y ligeras a base de vestidos airosos de gasa y terrores a medio enseñar: el Triunfo de la primavera es un cuadro para llevar al psiquiatra. Y qué vamos a decir de nuestro Picasso.
Pero fue Leonardo el que consiguió liberar el miserable estado moral del artista: una libertad conseguida base de cortes de manga. Se hizo filósofo y científico y, como ya era soñador y literato, hubo de recorrer pocos metros, para explicar el enigma fundamental que es la sonrisa de la mujer.
Rodeado del "Sfumato o medio turbio --invento de da Vinci-- la Gioconda sonríe. Nunca he sabido a qué o a quién sonrie. Es una sonrisa interior, más expresiva en los ojos que en la boca. Más tarde la canadiense Suzanne Giroux dijo que en los labios más inquietantes de la historia hay un hombre escondido, que su boca (troceada, desestructurada, reinterpretada y descodificada) resulta ser el torso de un hombre.
No hay que inquietarse. El amor siempre deja huellas y trazos. Es sabido que  al acabar el banquete las señoras vamos en grupo al aseo. Un sabio toque de rouge y nadie sabrá qué hemos comido..