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Resistencia serrana

Antonio Herraiz
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Participa en un proyecto de la Universidad de Alcalá para lograr avances en la depuración de aguas residuales. Voluntaria activa, colaboró en Palermo con los inmigrantes que llegan a Sicilia huyendo de las guerras

María Llorente Remartínez es bióloga e investigadora - Foto: Javier Pozo

¿Qué hace una bióloga, investigadora de la Universidad de Alcalá, tocando la dulzaina frente al Congreso de los Diputados? Es la primera pregunta que le hago a María Llorente (Guadalajara, 1989), que la semana pasada se unió a la protesta del colectivo de investigadores y estudiantes de doctorado bajo el lema Sin ciencia, no hay futuro. «Lo de llevarme el instrumento fue para que la reivindicación tuviera mayor eco. Hay que dignificar la carrera científica. Que los que queremos seguir nuestra trayectoria profesional lo podamos hacer en España con unas condiciones óptimas, sin vernos obligados a salir al extranjero». Y bajo la atenta mirada de los leones Daoiz y Velarde, más de un centenar de científicos -entre ingenieros, químicos, médicos y físicos- gritaron ¡estoy hasta las probetas!, por si a algún legislador de dentro de la cámara le daba por escuchar. De sus investigaciones dependen muchos avances en sanidad y en otros ámbitos encaminados a garantizar un futuro mejor para nuestras vidas. 

María Llorente me enumera varios casos de compañeros y amigos que han tenido que abandonar España para continuar con su trayectoria profesional. «Mi hermana Noelia es ingeniera química y fue la primera de su promoción. Lleva más de cinco años en Gante. Javier, un amigo teleco, también con uno de los mejores expedientes, se fue a Alemania y llevará unos diez años. ¿Van a volver? No creo». De momento, a partir de septiembre, ella va a completar sus estudios en Bélgica y cumplir así uno de los requisitos que exigen las becas de formación del personal investigador. Pero quiere que sea algo puntual y no definitivo. 

En su camino hacia el doctorado, está implicada en dos proyectos medioambientales. El primero se centra en mejorar los procesos de depuración de aguas residuales. Son las denominadas tecnologías electroquímicas microbianas que aprovechan las propias bacterias para que actúen frente a la materia orgánica y la conviertan en elementos gaseosos. Se trata de utilizar microorganismos de la naturaleza para biodegradar los contaminantes. De forma paralela, investiga la forma de atrapar el CO2 que expulsan las grandes torres industriales y convertirlo en algún tipo de biocombustible. En el campo de la depuración tiene experiencia sobre el terreno. «En la cervecera Mahou trabajé en un programa innovador para hacer más sostenible el sistema». 

La vida de María no solo se ha limitado a la investigación y, por eso, me lleva hasta Palermo. La capital de Sicilia, conocida por la Cosa Nostra, se ha convertido en uno de los puntos donde desembarcan miles de inmigrantes que huyen de las guerras y de la miseria de su país. «En el año 2013 me salió la oportunidad de participar en el servicio de voluntariado europeo y no me lo pensé». En Palermo vio el drama de la inmigración cara a cara, gente que había venido con lo puesto, en muchos casos engañados por las mafias, «pero que eran felices porque habían conseguido escapar de la guerra». Sirios, nigerianos, bangladesíes, senegaleses… «No solo les ofrecíamos comida. Venían con bebés y necesitaban pañales y leche para los pequeños. Siempre con una sonrisa». Lo más duro era ver a los niños durmiendo en la calle. Menores de 12, 13 o 14 años que habían viajado solos. «Un día vino un chaval de esa edad a pedirnos una sudadera. La quería tres o cuatro tallas más grandes que la suya. ¿Para qué? Para utilizarla como manta y resguardarse del frío». En ese proyecto de voluntariado también trabajaron con discapacitados de Palermo. Se fue con una maleta a reventar y la trajo medio vacía de todo lo que repartió «porque me di cuenta de que no me hacía falta». La mochila de su corazón y su cabeza volvieron repletas de esas experiencias que te cambian la visión de la vida para siempre. 

María es serrana de Hiendelaencina, el pueblo de sus abuelos paternos, donde aprendió a valorar la importancia de la sencillez y esa resistencia de las gentes de la Sierra Norte. «Mi abuelo Domingo tenía más de media docena de oficios. Dicen que era el que mejor esquilaba a las ovejas, sabía arreglar el reloj del pueblo si se rompía, era barbero, carpintero, pastor… Además, vendía vino por los pueblos de la zona. Cuestión de supervivencia». Ella no se queda atrás y es también polifacética. Estudia dulzaina en la Escuela de Folklore con el gran maestro dulzainero Antonio Trijueque; conoce el mundo de la apicultura y, junto a su padre, cuida de las colmenas que ha puesto en el pueblo; ha colaborado con la asociación Micorriza en trabajos para la protección y conservación del patrimonio natural y asiste a clases de escalada en un rocódromo de Alcalá. No hay montaña que se le resista, ni en el campo ni en la vida.