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Javier López

NUEVO SURCO

Javier López


Aquella monarquía con estrella

05/01/2022

Tras una Navidad de nuevo enmascarada, esta vez por la arremetida brutal de Ómicron, y un fin de año con unos brindis  más que aguados entre restricciones, positivos masivos y cierres nocturnos, nos queda la visita de los Reyes de Oriente, los inigualables seres míticos que nuestra tradición coloca cada invierno en el salón de casa. Vienen con su mensaje de igualdad original y universal del género humano, representando a distintas razas, y con sus regalos para todos, sin distinción.
Nadie les discute su protagonismo y su fuerte raigambre entre nosotros, aunque tengan competencias importantes como la de Papa Noel, proyección de las sociedades anglosajonas impulsoras del capitalismo y del consumo masivo que en estas fechas alcanza su cénit, o también algún ministro como Alberto Garzón, proyección española del comunismo tardío, empeñado en que nos lo pensemos bien antes de hincar el diente al trocito de roscón, no por si mordemos el premio, sino por si la nata no es de toda la pureza saludable y recomendable. Pero, en general, nadie les discute. Son los representantes genuinos de la monarquía más mágica y perdurable, capaces de endulzar los peores sueños y la vidas más tristes. Realmente casi todos en España, salvo unos cuantos recalcitrantes y otros tantos indiferentes, somos monárquicos de los Reyes Magos de Oriente. Su monarquía tiene estrella y nunca se ha estrellado, es bondadosa, dadivosa y nos llena cada año de buena vibra. Melchor, Gaspar y Baltasar son el tridente  que asegura éxito, prosperidad y justicia para todos.
Los Reyes Magos afrontan de nuevo un año complicado para todos, en todo el planeta, y tienen que redoblar su trabajo. Sí, nos van a encontrar otra vez más metidos en casa de lo normal, anhelando su visita en este tiempo de la marmota, y habrá una petición que destaca por encima de todas las demás, universal y unánime: esperanza en el futuro incierto, certidumbres necesarias en un mundo en pleno movimiento cuyo proceso de cambio ha venido a acelerar la pandemia del Covid19. Los niños son sus preferidos, pero lo más pequeños llevan casi dos años en una total anomalía, y dos años para ellos es un mundo difícil de recuperar porque hay cuestiones que a esa edad no son aplazables para otro momento, para otro año.
Volverán mañana con sus sacos llenos de regalos  siguiendo esa estrella que les lleva a un portal que ahora es un mundo pandémico al que un virus tiene atenazado. Seguramente, y en el estado de cosas en el que nos encontramos, ellos también nos pedirán algo a cambio. Nos pedirán, por ejemplo, un esfuerzo mundial, que aún no se ha producido, para que el proceso de vacunación, que con tanta eficacia se ha implementado en países como el nuestro, se extienda a todos los países del planeta. Nos dirán cuando lleguen a nuestra casa que vivimos en la mitad del mundo que tiene alimentación, vacunas y derechos, pero que existe otra mitad que carece de todo ello, y que este virus nos ha igualado a todos,  que el problema no se resolverá del todo hasta que no nos salvemos juntos por más tiritas, eficaces sin duda, que le queramos poner a la enfermedad en el lado afortunado de la tierra. Nos dirán que hay una parte muy importante del mundo que está esperando ser vacunada y que sería necesaria una intervención humanitaria a nivel mundial, al menos de la misma intensidad que las que se ponen en marcha para otro tipo de cuestiones, que a veces se envuelven con demasiada frivolidad  en la defensa de los derechos humanos cuando realmente lo que priman son los intereses económicos. Nos dirán también que si el año que viene no tenemos esos deberes bien hechos igual se tienen que plantear el traernos carbón  como a los niños malos.
Mientras tanto, esperemos a ver que nos dicen este año. Melchor, Gaspar y Baltasar están ya muy próximos a su eterno destino, que es nuestro hogar, esa pequeña trinchera que en marzo de 2020 convertimos en una botella en la que meternos para refugiarnos, una botella transparente e interconectada con las otras a través de la redes sociales y los mensajes lanzados en ellas a un mar tempestuoso en el que al final nuestra responsabilidad y sentido común es lo que nos está poniendo a resguardo entre fuegos cruzados y mensajes que vienen y van. A ese reducto insobornable es donde mañana llegarán Melchor, Gaspar y Baltasar siguiendo la estrella que nunca muere, que siempre luce con igual intensidad a pesar de los siglos y los avatares.