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El testimonio del cronista provincial Antonio Pareja Serrana

Plácido Ballesteros
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Testigo presencial, que perdió su casa en la inundación de Brihuega

El testimonio del cronista provincial Antonio Pareja Serrana

Además de la crónica recogida por La Ilustración …, basada como hemos visto en las noticias recabadas por Manuel Capo, uno los oficiales de Cuerpo de Ingenieros que acudió al día siguiente a la población junto al Gobernador Civil, contamos con el testimonio directo que don Antonio Pareja Serrada, cronista provincial, nos dejó en las páginas de su obra Brihuega y su partido de cómo se vivió entre los vecinos de Brihuega la tragedia durante la tarde del día 5 y la madrugada del día 6 de septiembre de 1877.

Don Antonio, que por entonces iniciaba la que posteriormente sería su brillante trayectoria como periodista e historiador, era en aquellos momentos el Administrador de la oficina comarcal de correos de Brihuega, ubicada en los bajos de su casa, donde a eso de las dos de la tarde del día 5 habían regresado ya los peatones de correos que llevaban la correspondencia a los pueblos del distrito. Con ellos participó activamente en el salvamento de las monjas bernardas y de las alumnas que acudían a la escuela del Convento, como podemos deducir del relato que nos dejó de aquellos sucesos. Un relato del he decidido reproducir los párrafos más destacados, que completan la versión oficial del suceso con multitud de detalles humanos:  

«Desde que labraron los yermos de Carravillaviciosa, cerro de San José y lomas de la Horca y se convirtió en paseo la huerta que había frente a la casa de D. Emilio Centenera y el juego de bolos, Brihuega comenzó a sufrir las inundaciones que suelen ocurrir al principio del verano y en los primeros días de septiembre (…)

Una de estas inundaciones produjo una catástrofe de la cual quedará en Brihuega eterna memoria.

Era el 5 de septiembre de 1877.

Desde las diez de la mañana comenzó a encapotarse el cielo, asomando por encima de la Atalaya una nube oscurísima que de vez en cuando dejaba oír lejanos truenos. Sería como la una de la tarde cuando la tempestad estalló con toda su fuerza. (…) era una verdadera tromba que después de haber cruzado la villa de Oeste a Este y de Norte a Sur, volvió a su antiguo emplazamiento sin dejar de caer agua, retumbar los truenos y lanzar chispas que por fortuna no cayeron en la población.

A las cuatro de la tarde, la inundación era tan horrible que en un sitio tan ancho como la plaza de Merino, la corriente alcanzaba más de un metro de altura, arrastrando enormes sillares (…). Los peatones de correos, que habían regresado a las dos de recorrer sus respectivas carreras, estaban en la Administración completamente asustados, no obstante estar acostumbrados a sufrir tormentas en el campo.

De pronto comenzó a tocar a rebato la campana del convento de Bernardas, que desde las rejas que dan a la calle de las Monjas pedían socorro. Subí al comedor de mi casa cuya ventana daba frente al campanario y a voces pregunté que les ocurría.

   --Por Dios, D. Antonio -me contestaron- auxílienos V. porque el convento se está llenando de agua y vamos a perecer.

Había en el convento 14 religiosas y unas sesenta niñas educandas y, como es natural, nos lanzamos a salvarlas; pero la puerta reglar no podía abrirse porque sin duda se había rebajado la clave del arco, y fue preciso abrir un boquete por uno de los confesionarios de la comunidad. Entramos, al fin al claustro; en el bajo, el agua nos llegaba a los sobacos y había un oleaje espantoso; las olas arrastraban la cuerda de la campana, que volteaba sola, infundiendo pavor a aquellas inocentes mujeres, apiñadas en la escalera que subía al principal …

Quisimos pasar a la huerta para sacar las niñas que permanecían en la sala destinada para aula y que estaba al otro extremo de la dicha huerta y la madre Sor Espiritu Santo, que aún vive, nos guió por los pasillos del piso bajo hasta la puerta de entrada desde la que había que bajar tres o cuatro escalones; pero por el remanso que hacía el agua, comprendimos que allí había más profundidad …; allí faltaba también el piso y hubo que pasar a nado el charco.

La huerta contenía tal cantidad de agua, que no obstante ser tierra labrada, nos llegaba hasta la rodilla. Por fin llegamos a la clase y pudimos sacar en brazos a las niñas, poniéndolas en salvo por la leñera y procediendo a reconocer el convento, que desde luego comprendimos que amenazaba ruina. Confirmado nuestro temor por los peritos, procedimos a trasladar la comunidad al convento de Jerónimas (…) volví a mi casa … y allí me enteró mi criada que mi tío Ramón y su familia habían abandonado su casa porque amenazaba ruina, según dictamen de nuestro buen amigo D. José Marlasca.

A todo esto, la tempestad continuaba a intervalos, cesando unas veces, lloviendo otras, siempre relampagueando y tronando, sucediéndose avenida tras avenida, mientras la terrible nube seguía dando vueltas sobre la población. (…)

Anochecía y volvía a repetirse la inundación, una y otra vez con tal tenacidad, que hasta las once de la noche se contaron nueve avenidas.

A las 12 aproximadamente y con terrible fragor, se desplomó la casa de las Sras. De Cerda, medianera con la de mi tío D. Ramón Serrada, de la cual yo tenía la mitad. A las 2 también se nos hundió ésta; poco después la que habitaba la María Antonia la Molleta, tras ella la de Nieto y a las 5 de la mañana toda la parte anterior del convento. En total se contaron 52 edificios entre hundidos y a medio caer, y la parte de la entrada de la iglesia de las Bernardas. ¡Qué noche tan horrible!

El Gobernador civil con fuerza de Ingenieros, vino al día siguiente a prestarnos socorro.

Mi casa, aunque había perdido el cimiento por la parte de delante y tenía rasgada la fachada principal, se mantenía en pie; pero el Gobernador, Sr. Alcalá Galiano, dio orden de que la derribasen contra la opinión del maestro Domingo Canales, que se comprometía a recomponerla acotando la fachada. Así se hizo y yo me encontré pobre y sin hogar, cuando 24 horas antes poseía un pequeño capital, suficiente para mantenerse decorosamente. 

Alguien aseguró que al fenómeno atmosférico acompañó el temblor de tierra, pues hubo casa, como la de mis amigos los Nieto, que se levantó y cayó a plomo, quedando el tejado al nivel del piso de la calle y sumergidas e intactas las habitaciones. Ni lo niego ni lo afirmo; pero este hecho tiene una explicación científica fácil de comprender.

Al invadir las primeras aguas la Plaza de San Felipe, rompieron la puerta de una bodega cerca de la casa del Sr. Redondo y el aire almacenado a una presión enorme, rompió el caño o caños y siguió descendiendo, impulsado por el agua que, aumentada cada vez más, buscaba su nivel. Mientras halló caños de cuevas contiguas, le fue fácil abrirse paso, cuando se halló contenido por terreno firme, como sucedió en la casa de Nieto, levantó el piso y se abrió paso tras él; así se explica que brotase en el convento y que otro caudal, sin duda poderoso también, rompiera hacia mi casa y se llevara los cimientos, horadando la cueva que tenía mi primo Juan Francisco Gumiel (q.e.p.d.) pasando a la de mi tío, y levantando nuestras casas y la de Cerda. Yo, por lo menos, no sentí movimiento alguno de tierra.

Por fortuna, en medio de esta desolación, no hubo que lamentar ni siquiera un arañazo en nadie …».