Antonio Herraiz

DESDE EL ALTO TAJO

Antonio Herraiz


Pablo el tabernario

15/03/2024

Un respeto para Pablo Iglesias. Abrir una taberna en los tiempos que corren tiene muchísimo más mérito que asaltar los cielos. Y adelantar que va a ser un garito sólo para rojos, también, aunque no deje de ser una bravuconada marca de la casa. Tenemos claro que a los del PP y a los de Vox no les dará de beber, por muy sedientos que estén. A la derecha supremacista catalana liderada por Puigdemont, ni agua, al igual que a la vasca del PNV, a pesar de que han compartido una sociedad con intereses varios en Madrid. A los socialistas está pensando en derivarles a La Chalana, ya que dominan esos terrenos de marisco fresco con opíparas comilonas que suelen terminar o en habitaciones de hoteles de lujo o en bares de carretera con lucecitas rojas, dependiendo la cuantía de la mordida. ¿Y a los de Sumar de Yolanda Díaz? Como también les vaya a restringir el paso, que asuma que los pata negra de Podemos caben en un autobús. 
Una taberna es algo serio y Pablo Iglesias hace tiempo que se convirtió en una caricatura de sí mismo. Lo de hacer de ventrílocuo no le termina de llenar y en plena desintegración del partido que fundó ha optado por llamar la atención con su nueva tasca. Siempre se ha creído simpático y chisposo. Que pregunte a las víctimas del terrorismo la gracia que les va a hacer cuando escuchen que en su carta hay un plato para veganos al que ha llamado No me llame Ternera, para ver si le hacen algo más de casito al documental de su amigo Évole sobre el miembro de ETA Josu Urrutikoetxea.
A las tabernas de siempre hay que guardarles un respeto. Son una especie en extinción amenazadas por las franquicias y los establecimientos de nuevo cuño sin alma labrada en el pasado y con el futuro regado por el incontrolado turismo. Lo escribió el poeta sevillano del Siglo de Oro Baltasar de Alcázar: Por nuestro Señor, que es mina/ la taberna de Alcocer;/ grande consuelo es tener/ la taberna por vecina. Si es o no invención moderna,/ vive Dios que no lo sé,/ pero delicada fue/ la invención de la taberna. Lo que va a abrir Pablo Iglesias con otros dos socios nace viciado de origen. Un mesón, un bar o un restaurante es un lugar donde concilian ideologías de todo tipo en torno a una barra o a un mantel. Salvo contadas excepciones -en el otro extremo sé que las hay, allá cada cual- a nadie se le pregunta por su ideología y mucho menos a quién vota. Él quiere que sea sólo para rojos y de ahí los nombres que ha elegido para alguno de los cócteles con los que puede acompañar su oferta gastronómica: Fidel Mojito, Ché Daiquiri, Evita Martini o Pasionaria Puerto de Valencia.
No tengo ninguna duda de que esa Taberna Garibaldi que levantará las puertas el 19 de marzo será un filón las primeras semanas. La curiosidad, también la que mató al gato, siempre incita a acudir a lugares exóticos. Y los que vayan lo harán con esa libertad que un partido tan sectario como el de Iglesias ha despreciado, salvo para intentar aplastar al contrario, con poco éxito. Incluso los habrá que, con una tajada considerable, pensarán haber asaltado los cielos. Lo peor de todo es que las borracheras no duran permanentemente, ni tampoco el éxito de los comienzos, como bien sabe y conoce el fundador de esta nueva taberna.