«Guadalajara es mi origen y será siempre mi destino final»

Inmaculada López Martínez
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El prestigioso periodista alcarreño acaba de publicar 'Aquello que dábamos por bueno', un relato marcado por el fallecimiento de su padre en plena pandemia que también abarca diferentes problemáticas que afectan y cuestionan la sociedad actual

El periodista guadalajareño y director de 'El Confidencial', Nacho Cardero. - Foto: Sergio Beleña

Aquello que dábamos por bueno es el título del último libro del periodista alcarreño Nacho Cardero (Guadalajara, 1974). Con una reconocida trayectoria profesional, avalada por más de 12 años en la dirección de El Confidencial, Cardero se abre en canal por medio de este valiente relato donde fusiona con enorme maestría la crónica de los acontecimientos que han sacudido al mundo en los tres últimos años con audaces reflexiones profesionales y duras vivencias personales que, tal y como confiesa, le hicieron «valorar todo lo que tenía a mi alrededor». En ese todo también se encuentra su ciudad, Guadalajara, la cual ocupa un lugar destacado en esta historia coral que  vendrá a presentar a su tierra el próximo 11 de diciembre. Sin duda, una cita para no perdérsela.

Asegura tener ese carácter introvertido tan propio de los alcarreños. Sin embargo, ha decidido desnudarse en este libro. ¿Por qué?

 Como alcarreño que soy, siempre he sido una persona bastante parca a la hora de mostrar mis sentimientos, pero los últimos años por vicisitudes profesionales y, sobre todo, personales, me he sentido en la necesidad de hacerlo.  Y digo en la necesidad porque, de alguna forma, este libro es una catarsis personal. Y también en la obligación porque soy director de El Confidencial, un medio nacional con bastante audiencia e influencia, y he visto cosas desde esta atalaya que tenían que ser compartidas. Tenía que compartirlo con  los lectores para que vieran que no estaban solos en estos sentimientos sino que somos muchos los que hemos sufrido y sentido lo mismo.

¿Ha sido terapéutico?

Totalmente. Este libro ha sido un duelo en un doble sentido. Un duelo individual porque en esta especie de crónica de los últimos tres años que relato, perdí a mi padre en circunstancias muy dolorosas como tantos otros que perdieron a seres queridos durante la pandemia y no pudieron despedirse de ellos. Y es también un duelo colectivo porque todo aquello que damos por bueno y sobre lo que habíamos levantado nuestras vidas (la verdad, la convivencia, una cierta polaridad, etc.), de repente, se nos cae como un muro encima de nosotros. También ocurre que cuando algo duele, lo pasamos mal pero se sale. Por ello, los capítulos finales del libro son más optimistas. Lógicamente, son la salida de un duelo, el poder ver la luz al final del túnel. 

Ha pasado un mes desde la publicación del libro. ¿Cómo se siente y cómo está funcionando?

Está funcionando bastante bien tanto en crítica como en ventas. Como buen alcarreño, soy poco dado a creerme los elogios y las críticas porque, muchas veces, tanto unos como otros son interesados. Pero, en este caso, gente que no es tan afín a mí o que no tiene nada que ganar o perder, me ha mandado correos agradeciéndome que muestre  unos sentimientos propios pero que, en el fondo, son los de otras muchas personas que se ven reflejadas en estas páginas. Me siento muy afortunado por muchas cosas y también por cómo ha sido acogido este libro entre amigos, compañeros y, sobre todo, entre gente desconocida que me ha escrito a propósito para darme las gracias.

El próximo 11 de diciembre lo presenta en Guadalajara. ¿Tiene ganas de jugar en casa?

Me da respeto. Como tantos otros, cuando llegó la hora de estudiar la carrera, cogí el petate, me fui a Madrid y aquí me instalé, aunque siempre digo que, al final, terminamos yendo al mismo lugar de donde venimos. Mi origen es Guadalajara, nacía y crecí allí. Pero es una plaza que me causa bastante respeto. Además, este libro es una especie de viaje a Ítica. Estoy en Madrid enfrentándome a este mundo distópico de polarización, de crisis y de guerras y, de repente, recibo una llamada diciéndome que mi padre ha sido infectado de Covid. Entonces, hago el atillo, cojo el coche y regreso a Guadalajara. Y es ese viaje a Guadalajara en tan difíciles circunstancias donde vuelven a aflorar en mí esas imágenes, esas sensaciones que son muy auténticas, que me sacan del ensimismamiento de la gran capital y que fueron también la espoleta que me llevó a escribir este libro.

'Aquello que dábamos por bueno' no es un ensayo ni una crónica ni un diario personal. Lo define como «una melodía sin partitura»…

No me gusta poner etiquetas a las cosas y tampoco a los libros. Quería crear una atmósfera de lo que han sido estos tres últimos años que envolviera al lector. Por eso, más que un género determinado, lo que digo siempre es que este libro es un golpe sobre la mesa, un poco un cabreo, una forma de mostrar la incertidumbre y la fragilidad de un mundo y de una sociedad que se levantó sobre unas columnas y que, de repente, se han venido abajo.

Hace constantes guiños y referencias a Guadalajara. ¿Qué supone esta tierra para usted?

Guadalajara es mi ciudad. Allí están las personas a las que quiero, mi familia y mis amigos. Guadalajara es mi origen y será siempre mi destino final. Estoy muy orgulloso de pertenecer a Guadalajara. Es una ciudad que se ha sentido siempre en un dilema cuasi existencial de pertenecer a una comunidad como Castilla-La Mancha, pero estar al lado de Madrid y vivir siempre a dos aguas. Mis abuelos paternos vivían en El Fuerte y mis abuelos maternos en El Alamín. El libro es una especie de tributo a estas gentes que vivieron otros momentos, posiblemente más duros que los actuales, pero también más honestos. También es un homenaje a mi abuelo materno, Domingo Cardero Prieto, que era periodista en la Nueva Alcarria. En parte, este libro se lo debo a él.  Y ese homenaje lo hago extensivo a aquellos periodistas de provincias que fueron toda una institución en tiempos de la Transición y que merecen que su imagen perdure en el recuerdo. Hablo de mi abuelo Domingo Cardero, pero también de Luis Monge Ciruelo, de Salvador Toquero, etc. Además, este libro quiero que sea un homenaje a Guadalajara, que tiene sus vicios pero muchísimas virtudes. Y también es un llamamiento a la acción. Somos gente buena, gente que cumple con su palabra y que tiene que luchar para que la ciudad siga adelante.

¿Se hizo periodista por su abuelo?

Efectivamente. Veía a mi abuelo escribir en su pequeño piso del Fuerte de San Francisco, golpeando su Olivetti verde oliva y me llamaba mucho la atención. También le acompañaba en sus viajes por la provincia para reseñar las exposiciones, las corridas de toros y  ese mundo me seducía bastante. Todo eso sumado a que me gustaba mucho escribir, como a todos los periodistas, me hizo decantarme por esta profesión.

¿Y por eso quiso tomar su apellido?

La respuesta es mucho más trivial. Desde siempre, todo el mundo me ha llamado Cardero. En el colegio, en el mundo periodístico, en todos los sitios. Al final, la forma de que fuera más reconocido y reconocible en la prensa era apellidarme Cardero. De hecho, lo asumí desde el punto de vista estilístico, pero también invertí los apellidos en el registro civil para que apareciera primero Cardero. Así el apellido ha podido pasar a mis hijos, que también aparecen en este  libro y que tienen un papel protagonista. De alguna manera, todo está conectado: mis hijos, el apellido, el periodismo...

Habla de la pandemia, de la guerra de Ucrania, las crisis económicas, la corrupción, etc. ¿Nos estamos tambaleando como sociedad?

En el libro no he querido profundizar en todos los temas sino que he querido crear esa atmósfera y he ido enumerando las columnas que se nos han ido derrumbando. Una de ellas es la verdad y el triunfo del relativismo radical. Otra de las columnas que se caen es la moralidad, los principios y valores se empiezan a disolver como un azucarillo en el agua. Ha triunfado Maquiavelo y aquello de el fin justifica los medios. Además, nuestra clase dirigente lo reconoce, lo aprueba y lo dignifica, que es lo que más me llama la atención. Y se cae la convivencia,  triunfa la polarización, las redes sociales, los míos frente a los tuyos, lo que me beneficia es lo bueno, lo que me perjudica es lo malo... Y aquello que dábamos por bueno que son las democracias liberales, la obra culmen de nuestra historia, también empiezan a cuestionarse.

El relato del libro termina antes de la formación del nuevo Gobierno. ¿Cómo visualiza la legislatura que arranca?

Vivimos en el bibloquismo, dos bloques irreconciliables, y eso no es bueno para el país. Creo que donde nos encontramos la mayoría de los españoles es en la centralidad, que no en el centro. La centralidad es un espacio donde uno y otro bando pueden romper esos bloques y llegar a acuerdos. Eso es lo que me gustaría tanto a mí y como creo que a todos los ciudadanos que hacen vidas normales, sin que tengamos que llevar el cuchillo entre los dientes. Pero, desgraciadamente, la sensación que da es que esta legislatura va a estar muy polarizada, en la que va a haber continuos enfrentamientos y donde la acción de gobierno va a estar bastante reducida. Y eso es malo para el país porque no se van a poder acometer reformas estructurales para un mundo cambiante que cada vez es más complejo y más difícil.

Ha pasado por distintos medios, pero ya lleva 20 años trabajando en 'El Confidencial', más de 12  como director. ¿Qué es el balance realiza?

Me siento un ser muy afortunado porque me cuesta imaginar otro medio donde se hayan podido vivir tantas experiencias interesantes y tantos trabajos de investigación. El periodismo es contar lo que otros no quieren que cuentes y en El Confidencial siempre hemos tenido la libertad y la independencia de hacer ese periodismo, que es un poquito aguerrido y también intencional, de servicio al ciudadano. Ha sido duro, pero lo llevo bastante mejor que cuando empecé con 36 años. Entonces me daba pavor que me llamasen para presionarme. Ahora lo que me asusta es que no me llamen porque significaría que estamos haciendo mal nuestro trabajo y que no incomodamos al poder. 

¿Cómo consiguen mantenerse un nivel tan alto?

Es muy difícil. Hay que mantener  una tensión continua que solamente se consigue si hay una especie de pegamento emocional que trasciende a nosotros mismos y que hace ver que el periodismo es lo que es, hacer de puente entre el lector y la realidad, y ese puente sólo se hace con periodismo libre, independiente y con estas exclusivas que son críticas con el poder. El nivel sólo se puede mantener con la misma tensión desde los principios y valores, desde la conciencia de que somos necesarios para poner nuestro granito de arena en la sociedad. 

¿Cree que internet y las redes sociales nos han hecho peores?

Es que internet apareció anteayer. Aunque parece que llevamos toda la vida con el internet de las cosas, es un invento relativamente reciente. Y como ocurre con todos los inventos, desde que surge hasta que se consolida y lima sus desperfectos, pasa mucho tiempo. Creo que ahora estamos limando los defectos de internet y de las pantallas. Está claro que en el mundo digital, la forma de producir, distribuir y consumir información es totalmente distinta al mundo analógico. Pero nuestro problema no es tanto cómo accedemos a la información, que también, sino el saber que son tiempos distintos y que más que quejarnos de los tiempos que vienen, tenemos que abrazarlos porque los cambios se suceden. El problema es cuando no los aceptamos y no nos adaptamos.

Aunque este libro es realista y crítico, al final, se atisba un rayo de sol. ¿No hay que perder la esperanza?

Nunca. Si nos preguntaran en qué etapa de la historia nos gustaría nacer o que nacieran nuestros hijos siempre diríamos la actual. Aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor no dejar de ser más poético que real. Siendo así, tenemos que luchar y no conformarnos, no caer en el buenismo para que la sociedad siga progresando. No podemos culpar a los demás de lo que nos está pasando y no hacer nada, hay que luchar para que nuestros hijos vivan en una sociedad cada vez mejor.

Pero usted dice que sus hijos no van a vivir mejor que sus padres….

Desde un punto de vista económico, no digo que los hijos de ahora vayan a vivir peor que sus padres, pero tampoco mejor. Sin embargo, siendo congruente con lo dicho antes, después de la situación de fragilidad durante la pandemia y de todo lo vivido en este siglo XXI, las nuevas generaciones que son distintas a nosotros, que tienen otros principios y valores y otra forma de entender el mundo donde lo material, siendo importante, creo que cada vez lo será menos. 

¿Ser padre le ha cambiado la visión de la vida?

Ha tenido que fallecer mi padre para que me diese cuenta de todo lo que tenía. Vivimos en una rueda constante, con antiojeras, incapaces de ver lo que tenemos alrededor, incapaces de pensar, de sentir y, efectivamente, el fallecimiento de mi padre me ha hecho valorar todo lo que tenía a mi alrededor: mi ciudad, mi familia, mis amigos. Sobre todo, me he dado cuenta a la hora de enfocar mi vida actual y mi futuro. El fallecimiento de mi padre me ha hecho ver que somos seres frágiles, que somos muy vulnerables y que para que convivir y ser felices tenemos que abrazar y dar por buena esa fragilidad y esa vulnerabilidad. En mis hijos, Catalina y León, que son sangre de mi sangre, carne de mi padre, pervive la figura de mi padre, la figura de estos tiempos que hemos vivido tan convulsos y espero que, en un futuro, tan apasionantes.