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18 de julio, el día que cambió la historia

SPC-Agencias
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Un grupo de militares se subleva contra el Gobierno de la República un caluroso sábado del verano de 1936 y España se parte en dos: la Guerra Civil acaba de comenzar

18 de julio, el día que cambió la historia

Iba a ser un día corriente del séptimo mes del año. Con su meteorología de bochorno, habitual de esas fechas y que ahora parece que sorprende, con la cantinela del cambio climáticos y las continuas olas de calor. A pesar del ruido de sables, que sonó con más fuerza tras el asesinato del político derechista José Calvo Sotelo el 13 de julio a manos de varios miembros de la Guardia de Asalto, y de las noticias que llegaban (a políticos y militares, no al pueblo llano) de Melilla y del Protectorado español de Marruecos, donde la sublevación arrancó un día antes de lo previsto, la mayor parte de los ciudadanos seguía con los quehaceres propios de un 18 de julio. Sobre todo en aquella España rural que no vivía los enfrentamientos a tiro limpio entre los grupos radicales de izquierdas y de derechas o los actos de terrorismo o los asesinatos selectivos que se producían cada vez con más frecuencia en las grandes capitales. En algunos pueblos, incluso, se preparaban los vestidos y las corbatas para las verbenas nocturnas de las fiestas. Pocos imaginaban que la Historia de España estaba a punto de cambiar de una forma que ni sus propios protagonistas esperaban.

 Y es que el plan de aquellos militares liderados por los generales Gonzalo Queipo de Llano, Emilio Mola, José Sanjurjo (que ya preparó una intentona golpista en 1932) y Francisco Franco, que con apoyo de la milicias políticas de los alfonsinos de Renovación Española, los requetés de la Comunión Tradicionalista y los falangistas, se sublevaron contra el Gobierno de la República, era hacerse con el poder de forma rápida, evitando un derramamiento de sangre. Una vez en el poder, el objetivo, según los historiadores, era reconducir la República hacia posiciones políticas más conservadoras alejadas de la revolución que, a su juicio, encarnaba el Frente Popular, la coalición de izquierdas que ganó las elecciones de 1936.

Pero la asonada no triunfó. Al menos, no como los sublevados habían previsto. Aquel 18 de julio, las autodenominadas fuerzas nacionales, los golpistas, comenzaron su campaña con el transporte de las tropas acantonadas en el norte de Marruecos (entonces colonia española) e islas Canarias hacia el sur de la Península, al mismo tiempo que los militares insurrectos declaraban el estado de guerra en las diversas zonas y localidades con guarniciones controladas.

En 48 horas, la sublevación triunfó en Galicia, Navarra, lo que entonces se conocía como Castilla La Vieja, el oeste de Aragón y Baleares menos Menorca; y en ciudades como Oviedo, Granada, Sevilla, Zaragoza, Vitoria y Logroño. Además, gran parte de los oficiales de los tres Ejércitos se revolvieron contra el Gobierno, algo que no ocurrió con los escalafones inferiores y la tropa rasa.

En cambio, la rebelión fracasó, en Madrid, Cataluña, Levante, Castilla-La Mancha, Murcia, y en la zona oriental de Andalucía. Tampoco triunfó en el resto de Asturias, Cantabria y parte del País Vasco, donde el nacionalismo vasco acabó apoyando a la República. 

En las grandes ciudades, como la capital de España o Barcelona, los sublevados fueron derrotados por las fuerzas militares leales al gobierno constitucional y las milicias (a las que armó el propio Gobierno ante el devenir de los acontecimientos) de los partidos de izquierda y anarquistas.

Aquel caluroso sábado de julio se convirtió en una frenética sucesión de horas, dudas, traiciones y muerte. España quedó dividida en dos. La Guerra había comenzado. La Historia ya no sería la misma.