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Editorial

La comunidad internacional debe reactivar el proceso de paz en Oriente Próximo

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El eterno conflicto entre Israel y Palestina está viviendo estos últimos días un recrudecimiento tan intenso como mortífero. Las tensiones entre ambas partes derivan hoy de la decisión de los judíos de desalojar a las familias musulmanas que viven desde hace décadas en el barrio de Sheij Jarrá, ubicado en Jerusalén Este, con la finalidad de seguir ocupando territorios en los que relanzar su política de asentamiento de colonos. Este movimiento que desahucia a decenas de palestinos, que incluso la ONU ha dejado entrever que podía considerarse como un crimen de guerra, ha desencadenado una oleada de protestas que tuvo su punto álgido el pasado domingo, cuando cientos de musulmanes se concentraron en la explanada de las Mezquitas para mostrar su rechazo.

Sin embargo, lejos de apaciguar los ánimos, el Ejército y la Policía hebrea decidieron actuar, cargando contra los allí presentes y lanzando gases lacrimógenos en el mismo templo de Al Aqsa, considerado uno de los lugares sagrados más importantes para los seguidores del Islam. La crispación aumentó y, un día después, las sirenas antiaéreas no dejaron de sonar en Israel, como consecuencia de la ofensiva de Hamas contra los judíos, con el lanzamiento de centenares de proyectiles. La respuesta fue brutal. Un ataque hebreo acabó con la vida de una veintena de personas, entre ellas nueve niños en Gaza.

Oriente Próximo es un polvorín. Pese a que Netanyahu y los grupos islamistas habían conseguido un alto el fuego que aparentemente parecía duradero, los enfrentamientos se han recrudecido de una manera alarmante. Las terribles imágenes de los menores muertos en la última ofensiva israelí retrotraen a épocas pasadas en las que ambas facciones se enfrentaban, día sí, día también, por un territorio compartido. La paz ha durado poco y todo como consecuencia de las ansias de Israel, con una clara estrategia expansionista en territorios que históricamente han pertenecido a los palestinos, pero que tratan de anexionar al margen sin atender razones, sin importar si allí ya viven musulmanes establecidos. 

La ONU ha advertido que Israel ha actuado de forma unilateral y que su uso de la fuerza contra los palestinos es innecesario y desproporcionado, mientras que la UE ha estado más comedida, criticando tanto a unos como a otros y exigiendo una desescalada inmediata de la tensión e insistiendo de nuevo en la necesidad de crear dos Estados independientes en la zona. Las últimas muertes constatan la procedencia de que la comunidad internacional relance unas negociaciones que no acabaron de culminar el proceso de paz y que tampoco lograron una solución duradera. La violencia, una vez más, se impone al diálogo y al entendimiento.