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Javier López

NUEVO SURCO

Javier López


En el país de la despoblación

01/12/2021

Una de las consecuencias más visibles que nos deja la pandemia atroz que estamos viviendo es la puesta de largo, en todo lo alto de la agenda social y política, del concepto de despoblación. La España Vaciada está en boca de todos y hemos tomado conciencia, creo que definitiva, de que vivimos en un país altamente despoblado, muy desigualmente repartido demográficamente, un lugar, en fin, donde prácticamente el noventa por ciento de la población vive en el treinta por ciento del territorio. Las grandes ciudades y la España volcada al mediterráneo se libran de la lacra. El resto ocupa a duras penas el setenta por ciento restante, poco más de cuatro millones de personas. La desproporción es asombrosa. Esa es la geografía humana de la llamada España despoblada que nos coloca ante un problema humano de gran magnitud y hechuras estructurales.
El problema nos dejará, además, una huella política,  pero me parece más interesante que la formación de plataformas electorales con un discurso que terminará condicionado por la polarización asfixiante y posiblemente colocándose en uno de los lados del tablero, la conformación de una coalición de comunidades autónomas de distinto signo político que hacen causa común en su relación con el Estado para exigir una financiación justa en unos territorios, con población escasa y dispersa, donde el mantenimiento de los servicios públicos es más costoso. Es lo que hemos visto en la reciente cumbre de Santiago. Esa coalición de territorios, por otra parte, haría oír su voz en el reequilibrio de fuerzas en una mesa en la que Cataluña, debido al chantaje independentista, tradicionalmente ha salido muy bien parada. Castilla-La Mancha, Castilla y León, Cantabria, la Rioja, Aragón, Asturias y Galicia. No es poco. Al final es la coalición de la mayoría de los territorios de España ante los chantajes basados en los relatos independentistas que tan buenos réditos han dado en nuestro país.
Pero la solución no solamente pasa por una adecuada financiación o por implementar medidas a nivel político que incidan, por ejemplo,  en las bonificaciones fiscales o en el compromiso de mantener servicios sanitarios o educativos en pueblos de menos de doscientos habitantes. Ni siquiera, por importante que sea, en asegurar una buena conectividad que haga posible y deseable el teletrabajo, tan en boga a raíz de la pandemia, en municipios de pequeño tamaño. La solución va más allá de lo político y de discursos vistosos,  y tiene mucho que ver con un cambio de mentalidad de las personas llamadas a llenar de vida los entornos rurales. Nuestra mentalidad desde hace más de cincuenta años  premia lo urbano como algo de más valor, y lo rural en nuestro imaginario aparece desdibujado con los tintes de los nostálgico, lo pasado de moda o aquello que hacen los que no tienen nada que hacer en una ciudad.
Esta mentalidad va cediendo terreno a marchas forzadas y realidades como la falta de trabajo de los más jóvenes están ayudando a ello. Cada vez son más los jóvenes que se ocupan en buscar alternativas audaces y eficaces para conseguir ganarse la vida en el pueblo de sus mayores,  empujados por la falta de perspectivas laborales en  las capitales de provincia que les rodean. El caso es que desde marzo de 2019, con la llamada revuelta de la España  Vaciada, el problema acuciante de la despoblación llena cada vez más minutos de telediario y más tiempo en la agenda de nuestros políticos que con mayor o menor sinceridad saben que en España la despoblación puede poner en jaque la propia viabilidad de nuestro país tal y como lo conocemos ahora desde el punto de vista demográfico. Pero conviene no engañarse, sin agricultura y ganadería no puede existir la vida rural. La despoblación no se remedia solamente con buena conexión WiFi en los pueblos, y menos con discursos vacíos pronunciados en foros creados para la ocasión.
Necesitamos saber en qué queremos o podemos convertir nuestros pueblos en riesgo de desaparición en un momento, además, de profunda crisis de la agricultura y la ganadería. ¿Tiene remedio esa crisis profunda, es más, sería la auténtica piedra de salvación de nuestros pueblos conseguir que fueran rentables esas actividades primarias?. Porque lo que no parece viable, por importante y positivo que sea, es que un ejército de teletrabajadores sean únicamente los que carguen exclusivamente sobre sus espaldas con la titánica tarea de revertir la tendencia hacia la despoblación de buena parte de nuestro territorio.