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Javier López

NUEVO SURCO

Javier López


En el país de los ninis

20/07/2022

Lo escribo con tristeza: un país cuyo principal debate es, o debería ser, como asegurar las pensiones dentro de treinta años, cuando prácticamente el cuarenta por ciento de la población española esté en edad de jubilación, es un país que no puede mirar con demasiado optimismo el futuro, mucho más si la tasa de desempleo entre su población joven es también cercano al cuarenta por ciento, incluso rebasa ese porcentaje en algunas provincias. Visto así el panorama es aterrador, pero es lo que ahí, sin paliativos. O hacemos frente a esta pandemia social o nos devorará sin contemplaciones. La crisis económica que se avecina puede empeorar la situación, la reforma laboral de Yolanda Díaz no es para ninis. El problema va más allá.
España lleva ya más de dos décadas liderando el ranking de los países desarrollados (OCDE) en la tasa de desocupación de sus jóvenes, y también en la tasa de precariedad. Los ninis son jóvenes que ni estudian ni trabajan, viven, pero lo hacen sin responsabilidad y sin motivación, lo hacen, muchas veces, mantenidos por unos padres empeñados en que «sus hijos vivan bien, a ser posible mejor que ellos». ¿Bien? ¿Mejor que ellos? Hace un tiempo la manchega Ara Iris Simón puso el dedo en la llaga en un evento público, con asistencia del presidente Pedro Sánchez, sobre la vida en nuestros pueblos despoblados. Llegó allí la joven con sus apenas treinta años y precedida por el impacto de su novela Feria, un relato sobre la vida de sus padres y todo aquello que ellos, entre miles de esfuerzos, consiguieron en términos de bienestar y que ahora ya se presenta como un paraje vedado para las nuevas generaciones, algo tan sencillo como aspirar a formar una familia, tener un  coche, comprarse una vivienda o programar un mes al año de vacaciones a placer.
Nuestro país ha avanzado con pasos de gigante en materia de derechos civiles y en libertades imprescindibles pero la precariedad que atenaza a nuestros jóvenes, y no tan jóvenes, es una cadena que hace inviable el disfrute de buena parte de esos derechos, es más, ¿cómo se nos puede llenar la boca de conceptos tecnológicos si no se tiene un trabajo donde aplicar esa tecnología o un techo donde colocar una placa solar? Es como aquello que decían los antiguos «qué pena tener reloj y no tener cadena para ponérselo».
En el país de las mil historias rocambolescas, de las eternas discusiones sobre nuestra naturaleza e identidad, de los independentismos trepidantes y pesadísimos, sus jóvenes no tienen un futuro que labrarse, no tienen una independencia personal que conquistar.  La pandemia ha agravado el asunto y ha aumentado en casi cuatro puntos la cantidad de jóvenes de entre 20 y 34 años que ni estudian ni trabajan.  Mientras tanto, se ofrecen como golosinas altamente edulcoradas alternativas que en ocasiones no son más que espejismos, vías de evasión y si acaso de aminorar las posibilidades ciertas de estallido social.
Una de ellas es la alternativa del emprendimiento, como si todo el mundo tuviera implícita la capacidad de crear un negocio y fuera tan fácil como salir a la puerta de la calle cada mañana. Y es cierto que emprender es una gran idea, y lo sería mucho más si nuestras administraciones lo facilitaran con mayor eficacia, pero no todo el mundo tiene ni puede ser un emprendedor en potencia y nuestro país debería tener suficiente capacidad para que sus empresas pudieran ofrecer un trabajo digno en nómina a las nuevas generaciones.  Otro de los espejismos es el de las redes sociales, que en ocasiones son un analgésico de primer orden contra la falta de horizontes laborales y económicos. Las redes se convierten en proyecciones ideales de lo que a un@ le gustaría ser, con la gran desventaja de que allí, en las redes, salvo en algunos casos de éxito, nada está remunerado, al menos suficientemente.
Así las cosas, suenan a brindis al sol, como bien alertó Ana Iris Simón, las apelaciones a horizontes lejanos, de aquí a 2050, cuando los millennials de hoy estén ya haciendo cuentas para su jubilación, unas cuentas que no les van a salir porque si seguimos en la misma onda ni habrá suficientemente población trabajando que cotice para que ellos puedan disfrutar de su pensión y ellos apenas habrán cotizado para sostener a los que vamos unos pasos por delante. La ecuación es complicada. Mejor es contemplar el panorama en muy negro para poder poner algún remedio, y cambiar de tonalidad.