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Javier del Castillo

Javier del Castillo


El verso libre de Francisco G. Marquina

17/01/2022

Últimamente nos veíamos menos, pero la fortuna quiso que pudiera tenerte muy cerca, en esta misma página, desde la primavera de 2016 hasta la semana pasada. Ha sido un honor sentir tu aliento y tu sabiduría aquí al lado. Irónico, culto, con un gran sentido del humor, como un verso libre alejado de la feria de las vanidades.
Te despediste en tu última columna con una broma de las tuyas: «Yo entro con optimismo en el 2022, porque como nada puede ir a peor creo que ya toca un ciclo de bonanza». También decías: «No dejemos que el tiempo nos devore sin ofrecer resistencia». A pesar de esa resistencia, tu corazón cansado ha impedido que siguieras con nosotros, gastando bromas, repartiendo poemas y alegrándonos la vida.
En 1998, después de hacerte una entrevista en tu casa de El Cañal para la revista Tribuna de Actualidad, con motivo de la publicación de la novela Cosas del Señor, nos fuimos hasta el monasterio de Sopetrán para hacerte la sesión de fotos. Allí, en aquel escenario donde transcurren algunos de los pasajes de esta novela, me confesaste un secreto: «Yo no soy escritor, soy un hombre que escribe». Al volver de aquel viaje a Madrid, te imaginé caminando por las tierras de Hita, cual protagonista del Libro del Buen Amor o ejerciendo de monje bibliotecario -montaraz y libertino - en el antiguo monasterio benedictino donde habíamos estado aquella tarde. 
Quince años después de esa entrevista, verano de 2013, asistí a la presentación de tu libro de poemas Esto no es una pipa (Premio Internacional Gerardo Diego), en el Café Libertad, de Madrid. Y allí, rodeado de poetas, familiares y un reducido grupo de amigos, nos mostraste a los asistentes un frasquito que, supuestamente, contenía el «elixir de la inspiración»: una pócima elaborada con jalea real y plantas aromáticas, en cuya preparación habían colaborado las abejas viudas de la ribera del Henares.
Nos reímos mucho en algunos encuentros organizados por el Club y la Fundación Siglo Futuro, de la que también eras patrono. Me hablabas de tu amistad y admiración por Cela, del que escribiste sus dos mejores biografías y una excelente Guía del Viaje a la Alcarria, y de lo mal que se portó contigo (y conmigo también) Marina Castaño. A mediados de los 70 dejaste de dar clases de Biología en un Instituto de Madrid, te fuiste a criar truchas al molino de Caspueñas y te convertiste en «el poeta del Río Ungría». Era tu viaje a la Alcarria, sin billete de vuelta. Mucho antes de que compartiéramos página en La Tribuna de Guadalajara, te escuché decir que el lugar de nacimiento casi siempre es accidental, mientras que elegir el lugar de residencia, como era tu caso, es decisión de uno mismo.
Querido Paco, allá donde estés quiero que sepas lo mucho que vamos a echar de menos tu sabiduría quienes tuvimos la suerte de conocerte. Lo escribí en un artículo de Arriaca y lo mantengo, ahora que ya no estás con nosotros: «Marquina es un gran poeta, un estupendo narrador, cultivado en los clásicos y en la soledad y los atardeceres de la campiña».
Vaya desde estas mismas páginas en las que escribías mi sentido pésame a María Antonia Velasco, tu compañera en las letras y en la vida, y mi admiración y respeto por todo lo que has sido y lo que has escrito. Me quedo, como recuerdo, con uno de los poemas del libro Esto no es una pipa: «Si al doblar una esquina /pudiera tropezar con quien yo era, /él pasaría de largo sin reconocerme /y yo me guardaría la pregunta /de cómo he conseguido llegar a lo que soy (…)».