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Cuestión de dignidad

Antonio Herraiz
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Entró a trabajar en la universidad con 17 años y se acaba de jubilar en la Politécnica tras cumplir los 65. En sus vacaciones ha ido de misión a Santo Domingo, Haití, Puerto Rico o Burkina Faso. África le mantiene atrapada

María José Bustos

María José Bustos (Madrid, 1956) habla mucho de África. Llegó por primera vez a Burkina Faso hace 30 años y «mi vida cambió». Es una de las zonas más pobres del mundo donde a una situación de extrema pobreza le supera otra más cruel si cabe. «Hasta el punto de ver a un niño perseguir a una cucaracha para comérsela». Y no es ninguna anécdota ni algo puntual. «Son tan pobres que, aun no teniendo nada, siempre hay alguien en una situación todavía peor». Por eso, allí se comparte absolutamente todo. Me cuenta que en uno de sus viajes llevaron caramelos para los más pequeños. Cuando un niño recibía uno, no se lo comía del tirón con un ansia desmedida, que razones evidentes tendría. «Chupaba ese dulce una vez y lo pasaba por la lengua de los amigos que estaban a su alrededor». Igual en el grupo había diez chiquillos. Cuando lo habían probado todos, el supuesto dueño del caramelo lo guardaba para el día siguiente. 

En Burkina Faso, María José ha tenido la oportunidad de canalizar su amplia trayectoria profesional en la universidad para desarrollar proyectos que han ido poniendo en marcha durante sus vacaciones misioneras. Con la ayuda de los ingenieros agrónomos y de los propios estudiantes, se han experimentado cultivos porque «es un terreno que se resquebraja y no da fruto. Allí se hace realidad cuando el Salmo habla de ‘la tierra reseca agostada y sin agua’». Los arquitectos han colaborado para levantar escuelas y los ingenieros de minas para hacer prospecciones y encontrar pozos de agua, el tesoro más escaso de África. 

La vida de María José Bustos ha transcurrido con un ojo puesto en su trabajo en la universidad y con el otro en buscar la fórmula de ayudar a los demás. «Lo viví en casa desde niña. Mis padres eran voluntarios de Cáritas y tenían una preocupación especial por los más necesitados». Con ese objetivo estudió Asistente Social, dentro de un permanente aprendizaje en el que jamás ha dejado de estudiar. Es licenciada en Derecho, diplomada en Trabajo Social y tiene un máster en Prevención de Riesgos Laborales en la Construcción. «No tiene un mérito especial. Entré a trabajar muy joven en la universidad y eso me ha permitido estar en contacto con la actividad docente». Además de ejercer como jefa de servicio del área de Archivos, Bibliotecas y Museos de la Universidad Politécnica de Madrid, ha dado clases de Derecho Administrativo, Biblioteconomía, Archivística y Cultura Documental en varias universidades españolas y ha preparado a opositores para el acceso a la función pública. Aun con esta intensidad laboral, ha tenido tiempo para el ocio. Siempre está rodeada de libros y de música, sus dos pasiones. María José es soprano en el coro del Colegio de Abogados de Madrid y canta en otras agrupaciones.

Distintas iniciativas universitarias le han llevado también a América. En 1999 llegó a Honduras poco después del paso del huracán Mitch. «La gente lo había perdido todo y seguían manteniendo la alegría. Te decían: ‘se me ha caído el techo de la casa, pero me quedan las paredes’». En Tegucigalpa vivió escenas límite, de una inseguridad creciente en la que la gente era asesinada en plena calle, «incluso si te veían con una barra de pan, para robártela». A Honduras viajó como coordinadora de ayudas solidarias y catástrofes naturales de todas las universidades españolas. También ha estado en República Dominicana -donde la Providencia quiso que no quedara atrapada por un huracán-, en Haití, Puerto Rico, Venezuela y en Brasil. 

Desde el 1 de junio, María José Bustos es la directora de Cáritas Diocesana Sigüenza-Guadalajara. El obispo, monseñor Atilano Rodríguez, se fijó en ella por su extensa trayectoria profesional, académica, apostólica y solidaria y también por su vinculación desde hace años con la provincia. Ha mantenido una relación muy especial con Brihuega, donde tenía una casa en la que pasaba muchos fines de semana, y ahora vive a caballo entre Madrid y Cabanillas del Campo, que es donde reside. «No dudé en decir a don Atilano que sí porque era una cosa de Dios. Es la Iglesia a la que voy a servir». Toma las riendas de una ONG que en Guadalajara cuenta con más de 600 voluntarios presentes en todas las Cáritas parroquiales y que tiene en marcha numerosos programas que van desde el acompañamiento a mayores en soledad, la formación laboral para la inserción en el mercado de trabajo o la entrega de comida a familias vulnerables. El último servicio que han puesto en marcha es el nuevo albergue Betania, con 35 plazas para personas sin hogar. En definitiva, se trata de devolver la dignidad a los que nunca debieron perderla.