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Tradición y fotos

Antonio Herraiz
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Conoce bien la técnica fotográfica y consigue recursos con los que expresa su personalidad. Mujer todoterreno, juega al rugby, baila folklore, se viste de botarga y participa en el Tenorio Mendocino

Gemma Mínguez Pastor - Foto: Javier Pozo

Baila jotas castellanas y el folklore que le pongan por delante, juega al rugby, se viste de botarga y participa de forma activa en el Tenorio Mendocino. ¿Quién da más? Gemma Mínguez (Guadalajara, 1989), fotógrafa profesional que empezó disparando carretes y revelando las imágenes en un laboratorio improvisado que instalaron en el instituto Castilla. Como de aquello no hace tanto, ya había cámaras digitales y móviles con muchos píxeles. Pero a Gemma le gusta ir al origen de las cosas para comprender mejor en qué punto nos encontramos y barruntar hacia dónde nos dirigimos. Al final, en fotografía, lo analógico y lo digital comparten la esencia: capturar la realidad.   

Me acerco a Gemma a través de la exposición que permanece abierta hasta este domingo 6 de febrero en el Cocktail Blues Gallery. En Propia muestra al público una serie de imágenes íntimas que han quedado fuera de sus reportajes periodísticos, de los encargos y del día a día en el departamento de marketing en el que trabaja. «Son fotografías muy íntimas que he tomado en distintos viajes, en mis paseos y en determinados momentos de mi vida. Es una especie de diario personal en el que cabe todo lo que me influye». Desde el monasterio de Bonaval hasta Portugal, desde Sepúlveda a Guadalajara capital. No hay límite de kilómetros. Y en alguien que no exhibe sus fotos en redes sociales, tiene incluso más interés. «Son imágenes que dan pie a interpretaciones diferentes. A mí me provocan una reacción determinada y al espectador le pueden despertar otras muy distintas». La magia de cualquier arte. Conoce bien la técnica fotográfica y eso le permite llegar a registros interpretativos de la realidad inalcanzables para la gran mayoría. «Tengo las herramientas para expresar lo que estoy sintiendo». Hay un recurso que explota con máxima habilidad: el de la sombra, bien de su propia silueta o de cualquier elemento del paisaje que se ponga a tiro de cámara. 

A Gemma le acerca a la fotografía de forma indirecta su hermano Jesús, periodista del diario AS que antes pasó por Antena 3. «Nos llevamos 17 años y desde niña siempre me llamó la atención todo lo relacionado con el periodismo». Años después, durante las dos temporadas que el Deportivo Guadalajara jugó en Segunda División, sería ella la que publicó sus fotos en AS. Antes, había realizado colaboraciones para Noticias de Guadalajara a través del estudio de fotografía Innovart, donde trabajó varios años. Le pregunto por los premios y me lleva al certamen Abeja de Oro que convoca la Agrupación Fotográfica de Guadalajara. «Con 19 años, presenté una colección y estuve a punto de ganar. Me quedé segunda y, viendo el prestigio del concurso, con fotógrafos de mucho nivel, no me lo podía creer». 

Su faceta profesional tiene una serie de complementos que le hacen diferente e incluso única. Siente un especial interés por todo lo relacionado con el folklore de la provincia. «Mis padres siempre han vivido de forma muy intensa la cultura popular. Mi padre sigue haciendo zambombas y desde bien pequeña me llevaban de ronda cantando villancicos». Esa curiosidad por conocer nuestras raíces le ha llevado a formar parte del grupo de bailes regionales de la Cotilla. También colabora de forma puntual con el grupo folk Las Colmenas y participa en uno de los eventos culturales más populares de la ciudad: el Tenorio Mendocino. «Empecé como aldeana y luego he hecho un poco de todo. Desde coordinar los bailes que se incluyen dentro de la representación, pasando por técnico de luces y, en la última edición, he hecho el papel de Buttarelli», el dueño de la Hostería del Laurel que justo 20 años atrás había protagonizado el inolvidable Juan Morillo. 

Ahora que estamos en tiempo de botargas, de los cuatro personajes que forman la botarga de Guadalajara capital, Gemma representa la figura del manda, el personaje principal que va con una caña y un higo en suspensión para que la gente lo atrape con los dientes. «Yo era una cría y recuerdo cuando se acercaba Félix Nolasco –que era uno de los que entonces se vestía– a darme el higo. El fruto no me gustaba nada, pero viendo la magia de todo lo que rodea esta recreación, me lo comía sin rechistar». Es en ese momento cuando se canta lo de «al alhiguí, al alhiguí; con la mano, no; con la boca, sí». Con jóvenes como Gemma, la continuidad de nuestras tradiciones está garantizada.