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Javier del Castillo

Javier del Castillo


Mayores indefensos

14/02/2022

Las dos viejecitas insistían una y otra vez, con las cabezas casi metidas en el cajero automático. Una de ellas le iba diciendo a la otra cómo tenía que actuar. "Ahora, tendrás que darle a reintegros; luego poner la cantidad que vas a retirar, y después te pedirá una clave… Pulsa ahora continuar". "Pues aquí dice: operación cancelada. ¡Vaya lío!".

La cola que se va formando detrás de ellas, en la acera, cada vez es mayor. Una joven parece impacientarse. Otro señor se queja de lo mal que funcionan los cajeros. Al cabo de un rato, la señora que parece ser la titular de la tarjeta de crédito decide tirar la toalla, se gira y me dice: "No sabemos hacerlo, si nos pudiera usted ayudar". Faltaría más.

Me entrega su tarjeta, le pregunto cuánto dinero quiere sacar del cajero, marco los 200 euros que me indica y cuando le digo que ponga ella su número secreto, que yo no lo puedo ver, me lo canta a viva voz… Finalmente, introduzco la clave, le entrego el dinero, me da las gracias y se despide con una frase que hacía mucho tiempo no escuchaba: "que Dios le guarde a usted muchos años".

Esta escena la viví una mañana, antes de que comenzara la pandemia, en una sucursal de LaCaixa, en Cardenal Herrera Oria, cerca de mi domicilio en Madrid, oficina que meses después sería clausurada, como tantas otras. La impotencia y la indefensión de aquellas dos viejecitas la he vuelto a ver reflejada en el rostro de un abuelito enjuto y con bastón que intentaba convencer a una empleada de la EMT en la Plaza de Castilla para que le renovara la "tarjeta transporte". La joven le insistía en que no podía hacerlo, salvo que tuviera cita previa. Que sin cita previa por Internet no había renovación. Y punto. El buen hombre consiguió, al menos, que le dieran una cita para quince días después.

Duele tener que contemplar estos atropellos. Estas indefensiones. Duele ver a personas ejemplares, que han luchado toda su vida para que España se modernizara, humillados, excluidos y rendidos ante la digitalización y las nuevas tecnologías. Y es inexplicable que nuestros mayores no dispongan de la atención y del trato presencial que merecen en sucursales bancarias y en oficinas de la Administración.

La banca española, rescatada con dinero público en 2008, despidió en 2021 a 16.000 empleados, pero ganó casi 20.000 millones de euros, un 45% más que en el ejercicio anterior. Son cifras oficiales, que constatan la recuperación del sector y que ponen de manifiesto la desvergüenza con la que revierten esos beneficios millonarios en la atención de sus clientes más longevos. El eslogan de la campaña iniciada por el urólogo y cirujano valenciano Carlos San Juan (78 años) es elocuente: "Soy mayor, no idiota". Han tenido que recogerse más de 600.000 firmas, en apenas unas semanas, para que el Gobierno, los partidos políticos y el Banco de España tomaran nota de lo que está pasando.

Los mismos que enriquecieron a los bancos y a sus accionistas con hipotecas a veinte o treinta años; los mismos que pagaron de su bolsillo, durante su larga vida laboral, los intereses más altos; los mismos que domiciliaron sus nóminas en cajas de ahorros y bancos, para que esas cajas y bancos pudieran reinvertir sus ahorros y obtener grandes beneficios, no pueden ahora "agradecérselo" con citas previas, horarios restringidos y venga usted mañana.

Supongo que con 20.000 millones de beneficios en el último año tienen suficiente margen para atenderles y tratarles como se merecen.