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Javier López

NUEVO SURCO

Javier López


El pico y la cuesta

26/01/2022

Parece que sí, pero no tenemos aún nada claro si hemos atravesado ya el pico de la sexta ola,  ni siquiera sabemos si la cuesta de Enero que toca a su fin ha sido tan pronunciada como se temía. En realidad hoy nadie tiene nada claro. Todos son intereses, todo propaganda, todo, al final, desinformación brutal. Si el pico de  Omicrón ha llegado es algo que comprobaremos en las próximas semanas con un descenso vertiginoso de la incidencia, tan rápido como veloz ha  sido el ritmo de contagios.  También averiguaremos si hemos asistido y padecido el escenario final de la pandemia y la primavera, como se atreven a vaticinar los expertos más optimistas, será tan gozosa como temerosa fue la de hace dos años. Prudencia y  vista larga. Igualmente, si la famosa cuesta de Enero ha venido para quedarse y la espectacular recuperación no se deja notar con la algarabía que pronostican los economistas de la abundancia es algo que iremos comprobando a lo largo de este año. Paciencia y tomar nota porque lo que se dice subir los precios sí que han subido y es algo que nota toda María y todo Paco en sus minucias más cotidianas de los compases iniciales de 2022.
La cuesta nos deja, eso sí, la protesta cargada de razón y de razones de las personas mayores desamparadas ante la brutal digitalización de los bancos donde han decidido cortar por lo sano y sin contemplaciones con la atención personalizada, la que se le prestaba a esos jubilados que iban de mañana con su cartilla, sus cuentas y sus cuitas. La protesta inicial de uno de ellos ha tenido una cierta repercusión mediática y nos pone ante un nuevo episodio del eterno serial de David contra Goliat. Casi diez millones de personas en España están en riesgo de exclusión financiera y reclaman su derecho a seguir siendo analógicos.
Termina también la cuesta con una manifestación de la España rural por las calles de Madrid en una suerte de 'decíamos ayer' porque, aunque nos cueste trabajo recordarlo ya, la crisis agraria era de lo que hablábamos con intensidad justo antes de la gran ola del Covid-19, la que terminó con todos nosotros encerrados en casa. El campo y la ganadería contemplados como se mira un castillo en ruinas, pero un castillo en el que vive y quiere vivir gente, y reconstruirlo y darle esplendor. No hay precios justos, no hay rentabilidad posible, ni siquiera es posible a veces cubrir los costes de producción. Nuestros pueblos, en el imaginario de la gran protesta rural, se quedarían sin viñas y sin vacas, sin cereal y sin ovejas, a expensas, en el mejor de los casos, de que un ejército de teletrabajadores urbanitas lleguen a la ruralidad  en la era digital de la conectividad total redimiendo en parte a estos enclaves del abandono y de la muerte. Eso, y la curiosidad por lo desconocido.
El panorama que se vislumbra tras su protesta variopinta es el de un país que lo confía casi todo, y también un cierto halo de vida en los pueblos moribundos, al turismo, un sector que sigue tirando de nuestro carro, innovando, poniéndose al día  pensando en un futuro ya marcado por el Covid19. El turismo es la eterna gallina de los huevos de oro de nuestra economía. En este dibujo incierto de la era postpandemica el pico del infortunio y la cuesta de todos los eneros se coronaría con la visualización de un paraíso turístico sostenible y digital. Fitur lo ha puesto de manifiesto, el turismo nacional se ha vuelto a poner de largo casi con todo su esplendor, los hoteles presentan el diseño de un futuro donde las habitaciones serán profilácticas y lo virtual llegará donde no llegan los bolsillos del españolito medio. Despuntan las aplicaciones del metaverso aplicadas a los mundos del viajero a modo de golosinas virtuales para almas inquietas. Lo virtual lo llenará todo y Castilla-La Mancha, que ha tenido gran protagonismo en la  última edición de Fitur, se apunta además al astroturismo de toda la vida ofreciendo balcones asombrosos al espacio desde los parajes de Campo de Montiel, Sierra del Segura, Sierra de Alcaraz, el Valle de Alcudia o la Serranía de Cuenca, aunque posiblemente no hay forma más bella de contemplar las estrellas que haciéndolo con la ciudad de Toledo debajo. La vista nocturna de la capital de Castilla-La Mancha ha sido elegida la más bella del mundo. No sé si es posible pedir algo más si lo hacemos desde el Parador,  en buena compañía y con un vino del terreno. Nada virtual, y es entonces cuando la tierra tiembla.