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María Antonia Velasco

María Antonia Velasco


Navidad 2021

24/12/2021

Esta Navidad empieza mal. Los antivacunas se mueven en manifestaciones, los ríos se desbordan, el Parlamento entra en tremor volcánico y los españoles estamos condenados a mirar el panorama embozados en una mascarilla. Habrá que asirse a los ritos sólidos y tradicionales como es la Navidad y entonar con la Traviata la escena apoteósica de un brindis. Empecemos en la Nochebuena pues Dios ha nacido, y es gracias a la bondad de quienes creen en Él y le invocan, según aquella respuesta que recibió el discípulo cuando le preguntó a su Rabino donde estaba Dios, y el maestro le contestó: «Dios mora donde el hombre le permite entrar».
En esa potente ideología o profesión de fe, como ustedes gusten, nos topamos todos con un nicho del dolor. Pues reiteradamente y en todas las culturas nace un dios que en su infinitud también participa de nuestro sufrimiento. 
Nuestro Dios es relativamente fiable y dentro de su grandeza es como del país, pues cristianizados estamos todos excepto quienes lo niegan o eligen al de la competencia. También Cristo nació pobre, pero su padre le dio el Ser en propiedad. La Ciencia, que presumió de la misma pulcritud y limpieza de Pilatos (que nunca se lo creyó y por eso mora en los infiernos) y la poesía, que si creyó, e hizo que Borges compusiera un extraordinario poema que se titula Everness: Sólo una cosa no hay. Es el olvido. / Dios que salva el metal, salva la escoria / y cifra en su profética memoria / las lunas que serán y las que han sido.
Claro que empiezo a ser suspicaz y a pensar que nuestras intenciones de perdurar sobre este planeta no responden al plan primigenio, y sospecho que era para sustituirnos con una raza más tranquila. Una patria es siempre una tumba olorosa, donde se ventilan ucronías, un pergamino de hazañas viriles y de madres que amamantan a sus hijos para cualquier guerra.
Estoy harta de los antivacunas y de las patrias que los aceptan. ¿También en la ciencia se oculta una morada Dios? Pues podía darnos instrucciones para liquidar la teoría de que «dada la enfermedad, no hay más remedio que soportarla como camino a la muerte», porque la enfermedad puede tener cura con una buena vacuna y una copa de cava. Todo en nuestra vida está mediado por ritos de paso, y en España somos dados al rito del vino, como ese cava que se produce ya en muchas provincias de este país y no tendremos que acudir al de los Puigdemont, que reniegan de hablar en español.
Quiero celebrar el nacimiento de ese niño que viene a salvarnos de las malas ideas. Esto quiere ser un brindis que no un hisopazo. Un brindis que está a punto de llegar, porque amigos y amigas, compañeros de dudas y compañeras, la Ciencia es lo único que nos salvará de una muerte prematura. ¿Quién se acuerda de aquellas épocas donde no había aviones, ni trenes de alta velocidad? Y me pongo en el lugar de los grandes y antiguos científicos de la humanidad y me hago la pregunta ¿qué pensarían ellos de todo esto?  Pero mantengamos la confianza hasta en la magia, porque en este mundo absurdo y fascinante, incluso podría pasar que alguien hubiera contado todos nuestros cabellos.