Personajes con historia - Alonso de Contreras

El corsario terror de piratas y espejo del capitán Alatriste


Antonio Pérez Henares - 24/05/2021

En la hermosa casa que habitó Lope de Vega en la calle hoy dedicada a su nada apreciado por él y mucho menos pudiente Cervantes, en el piso superior, casi abuhardillado, hay una habitación y un baúl de viaje con dos iniciales A.C. Puede que fueran y si no lo son, como que da lo mismo, de Alonso de Contreras. Un bravo capitán, corsario y aventurero, que fue amigo del genial dramaturgo y en aquel siglo XVII de oro y famas fue un personaje de leyenda cuyas hazañas en el mar Mediterráneo lo convirtieron en el más temido por los piratas de la Bebería.
La casa de Lope es maravillosa y de obligada visita para quien quiera respirar el aroma de un tiempo, unos hombres y un genio. El patio interior, el pozo, su despacho, su dormitorio, los de las criadas y el oratorio, ya había profesado, después de una vida muy vivida, como sacerdote. Todo ello traslada a quien la visita al latido de un pasado y a nada que tenga leído a los labios un verso.
Este humilde escribano siempre acaba por subir a la habitación del baúl, de la espada con gavilanes en la empuñadura, de la capa, del ventanuco por el que cabe imaginar que el capitán tuviera también salida a saber qué menesteres y con esas iniciales grabadas. No puede dejar de pensar que un tal Arturo Pérez Reverte ha visitado también y no pocas veces el sitio. Y que ese Alonso de Contreras tiene algo que ver con su muy apreciada y genial serie, digan las sandeces que quieran los exquisitos, del capitán Alatriste. El Contreras y él, concluye, se parecerían mucho.
Desde luego Alonso de Contreras está muy presente en la serie. Lo está en espíritu, lo está por sus propios escritos, pues dejó obra escrita, Discurso de mi vida, y lo está como personaje destacado especialmente en uno de sus libros de la saga. Contreras forma parte de la trama aventurera en la que también aparecen Lope, y sobre todo su hijo, Lopillo, que fue alférez de los tercios, en una historia de amores con asalto a convento incluido, que si no había asalto a sagrado, ni eran amores ni eran nada.
Alonso de Contreras era madrileño y lo bautizaron como Alonso de Guillén, pero cogió como apellido el de su abuela materna. Era el mayor de ocho hijos y lo bautizaron en San Miguel. De su carácter dio muy pronto prueba, pues a los 12 años entró en cuchilladas con un compañero de colegio de mayor edad y talla, a quien dejó malherido y al cabo muerto, por lo que fue desterrado un año a Ávila en casa de un tío suyo, que era cura. Vuelto a Madrid lo pusieron a trabajar de aprendiz de platero, pero aguantó muy poco y a la primera que pudo, a los 14 años se alisto en el Ejército de Flandes, se colocó el Contreras y para la guerra partió en el Ejército del archiduque Alberto de Austria.
El empleo en tierra no le duró mucho, pues a poco se dirigió a Nápoles y luego a Palermo y allí en las galeras que combatían al berberisco y al turco encontró su destino y su ventura. Primero estuvo a las órdenes de Pedro Álvarez de Toledo y Colonna, un Alba y desde la base de Malta se dio a conocer y a temer por su buen instinto marinero, a pesar de haber nacido en secano aprendió muy pronto el arte de la navegación, y por su osadía, coraje y determinación en el combate. Con apenas 20 años, ya tenía el mando de una fragata, hablaba turco y sus hazañas ya se contaban por las tabernas de los puertos. Cómo se introdujo disfrazado en la ciudad de Tesalónica y secuestró a un judío que era el recaudador de Tributos del Sultán otomano. O, aún más mentada, cómo capturó a la amante húngara del Soliman de Catania.


Más de mil escaramuzas

Regresado a España con el grado de alférez de Infantería no fueron los combates quienes le causaron problemas sino sus aventuras amorosas pues tras andar de amante en amante concluyeron en un casamiento, de vuelta a Sicilia, con una viuda y en una tragedia. No mucho después de la boda la sorprendió en la cama con uno de sus amigos y cosió a ambos a puñaladas. 
Regresó a escape a Madrid y aspiró en la corte a cargos militares pero fracasó en el intento y entonces le vino la ocurrencia de hacer vida de eremita en el Moncayo, en su cara soriana y cerca de Ágreda. Pero ni en tan pacífico oficio se salvó de los líos pues acabó siendo acusado de encabezar en aquellos andurriales una rebelión morisca, al encontrársele armas, pues el Contreras, aún eremita, de sus aceros no se separaba. Tras bastantes y retorcidas peripecias judiciales, salió absuelto del tema y escaldado dejó la vida monacal y volvió a lo suyo. O sea, primero a Flandes con los tercios y luego de nuevo al Mediterráneo, donde amparado por el Gran Maestre de la orden de Malta, que sabía de su valía, ingresó en la orden en 1611, y volvió a hacer su nombre de nuevo temido en los bajeles moros. 
Las batallas con los turcos y los piratas no conocían ni tregua ni piedad alguna. Él mismo cuenta cómo degolló o pasó por la quilla a todos los prisioneros de una nave enemiga que, eso también, antes le habían desollado vivo a uno de sus pilotos. Así eran las cosas y cada cual sabía en lo que se metía.

 
La aventura de las indias

No podía faltar en su vida la aventura de las Indias y para allá que se fue, ya como capitán de Infantería y con patente de corso a combatir en aguas de Puerto Rico contra el pirata ingles Walter Raleigh al que ahuyentó de aquellas aguas.
Retornado a España, aumentó su fama por el socorro que saliendo de Cádiz consiguió hacer llegar, saliendo con una flotilla desde la tacita de plata, a la guarnición española de La Mámora, rodeada por mar y tierra por turcos y moros. Burló en la oscuridad el bloqueo, introdujo armas y tropas y salvó la situación.
Fue luego nombrado gobernador de la ciudad italiana de L’Aquila, al norte de Roma, que era peligrosa y levantisca a la que metió en cintura a base tanto de audacia, astucia como de mano dura. Para que no faltara nada hasta fue testigo de una tremenda erupción del Vesubio y aprovecho el asunto para salvar de la quema, nunca mejor dicho, a todo un convento de monjas.
Ya para entonces tenía gran amistad con Lope de Vega y entre él y el comendador de la orden de Malta, a la que el literato también pertenecía, le concedieron hasta una encomienda en León. Fue asiduo huésped de su casa madrileña y allí comenzó a escribir, en ese cuartito abuhardillado, por su consejo e influjo, sus memorias. 
Pero no por ello dejó de acudir al servicio y él mismo da cuenta de sus capitanías en el norte de la Nueva España, en los presidios de Sinaloa (México) y como gobernador del castillo de San Juan de Ulúa en Veracruz (México) de donde volvió de nuevo a casa de su amigo Lope con el grado de sargento Mayor de Nueva España a seguir escribiendo el Discurso de mi vida que la muerte no le dejó concluir del todo.
Ese fue Alonso de Contreras, que daría para una nueva saga completa de novelas y para una extraordinaria serie cinematográfica. Pero esto es España, señores.
Como consuelo nos queda el reflejo en el espejo de Alatriste, su baúl de viaje, su capa y su espada en la casa de Lope de Vega que espero haber conseguido que un día visiten.