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Saber llegar

Antonio Herraiz
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Esta semana ha presentado su tercer libro, un profundo estudio sobre la Masonería en la prensa mexicana. Su casa está en Bustares y en Guadalajara, pero México le mantiene atrapado en un idilio ardiente

Julio Martínez - Foto: Javier Pozo

Le gusta el tequila y tiene cierto deje mexicano. Te saluda con un qué onda wey y ha comprobado en reiteradas ocasiones que el exceso de picante en la comida le convierte en una víctima más de la venganza de Moctezuma. Le han enseñado que no hay que llegar el primero, pero que hay que saber llegar. Y con dinero y sin dinero, hace siempre lo que quiere, porque la palabra sigue siendo su ley. 

Julio Martínez (Guadalajara, 1985) acaba de aterrizar en España procedente de México con su tercera criatura recién salida de la imprenta: La masonería en la prensa mexicana a finales del siglo XIX, publicada en Océano Atlántico, de la que el propio autor es editor. Es un trabajo que se suma a La masonería en Guadalajara (editorial Aache) en el que se adentró por primera vez en el siempre misterioso mundo de las logias. «Se trata de una sociabilidad muy conocida y a la vez rodeada de una leyenda negra. En los dos libros trato de sumergirme en ella sin prejuicios, fuera de teorías de la conspiración que sitúan al movimiento detrás de una especie de mano invisible que aspira a dominar la humanidad. Y luego hay que evitar el otro extremo, el de caer en la perspectiva angelical en la que algunos investigadores han colocado a la masonería». El secretísimo o discretísimo mundo de las logias, las diferentes posturas en torno a la fraternidad, bajo el prisma histórico, social y político de cada época. 

Guadalajara no ha destacado nunca por un elevado número de logias. No se puede comparar con Madrid, Barcelona o Valencia por razones obvias, ni tampoco con otras capitales como Cádiz, cuyo enclave portuario ofrecía un aperturismo del que no siempre gozaban las ciudades del interior. Los masones tuvieron presencia en la provincia sobre todo a partir de 1868, tras la revolución de la Gloriosa con la que se inició en España el Sexenio Democrático. «En ese último tercio del siglo XIX había ocho logias en Guadalajara, con sedes en diferentes pueblos». Su presencia cobraría mayor importancia en períodos muy concretos como la Segunda República, con destacados masones como Miguel Bargalló, concejal en la capital y vicepresidente de Diputación, o Marcelino Martín, que llegó a ser alcalde de Guadalajara. «La logia Arriaco número 8 estaba conformada por hombres muy significados, con tendencia socialista, republicana o, sencillamente, obrerista». En una de las logias de la provincia llegó a haber una columna de masonería femenina, como un hecho casi excepcional. De todo aquello no queda nada. «Vi que el año pasado se instauró un triángulo -menos amplio que la logia- en Sigüenza, pero no se ha podido determinar su actividad». 

Es un tema inabarcable para hablar horas y horas con Julio, que pasa a ser Julito cuando le sacas de un tono más profundo y académico. Es un gran conversador que sabe escuchar y que no rehúye ninguna pregunta, aunque suponga revivir una herida que jamás va a cicatrizar del todo. «Mi hermano Marcos -fallecido en el incendio de Riba de Saelices de 2005-, que era cuatro años mayor que yo, ha estado y estará siempre presente en mi vida». 

Castellanista de Bustares, folklorista con algún que otro coqueteo con la dulzaina y el pito castellano, mantiene un idilio con México que empezó en 2013. «He estado siete veces y siempre en periodos de más de dos meses. Es un país tan grande que es imposible conocer todo». Y por eso ha tardado en visitar a la hermana grande de la ciudad en la que nació, esa Guadalajara de Jalisco donde apenas hay rastros visibles del hermanamiento con estas tierras de la Alcarria. «He estado hace 15 días. Allí apenas saben de la existencia de nuestra Guadalajara. Lo que más me llamó la atención fue la catedral, que está arropada por tres plazas. En la trasera se encuentra la Facultad de Arquitectura y Música y en la entrada hay un mosaico del Doncel de Sigüenza. Lo vi casi por casualidad y me puse a gritar como un loco». 

Licenciado en Periodismo por la Complutense y en Historia por la Universidad de Salamanca, tiene tres másteres y está cursando un cuarto en comunicación y periodismo científico. Habla francés -también estudió en París-, ha escrito en varios medios locales y ha trabajado en la radio. En México colaboró con la delegación de la agencia EFE, impartió clases de historia en secundaria y fue asesor del Ateneo Español, institución fundada por los exiliados españoles. En estos momentos, escribe en Henares al Día, en El Confidencial, en la revista Quercus y en El Asombrario, del periódico Público. Con su editorial Océano Atlántico, tiene previsto publicar una novela, un libro de cuentos y otro de ensayos con sendos autores mexicanos. «Mucha tela, sí. Se me va a caer el poco pelo que me queda». Aun con esta actividad frenética, Julito saca tiempo para los amigos y, recién aterrizado en España, con una cerveza en mano en una terraza junto al parque de la Concordia, su primer antojo es una vuelta a los orígenes más mundanos: «¿Tiene un pincho de tortilla?».