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El milagro de Buenafuente

Antonio Herraiz
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Desde 1969, es testigo de la historia de un monasterio con más de ocho siglos de vida. Llegó con 24 años a un monumento en peligro de muerte. Las campanas le gritaron "no queremos callar" y ha cumplido su deseo

El milagro de Buenafuente - Foto: Javier Pozo

Cuando Ángel Moreno (Trillo, 1945) llegó a Buenafuente, el monasterio estaba en ruina y deshabitado. Solo vivía el mandadero del convento y un guarda de montes. Las once monjas que custodiaban la historia casi milenaria del edificio sobrevivían sin calefacción y con servicios de luz y agua primitivos. El nuevo capellán acababa de ser ordenado, tenía 24 años y el obispo, Laureano Castán Lacoma, le envió a un lugar herido de muerte, siendo consciente de que podía ser el último de sus capellanes. Se llegó incluso a hablar de la venta de este enclave cisterciense ubicado en las tierras del Alto Tajo y alguien se interesó por la posible rentabilidad de embotellar el agua de la Buena Fuente. “Fui para cerrar el convento, pero escuchaba el tañer de las campanas que gritaban no queremos callar”. Ángel Moreno lleva ya 52 años como párroco de Buenafuente y las campanas siguen sonando.

¿Cómo se consiguió el resurgir de este monasterio, cuyo primer documento que se conserva está fechado en 1177? “Por una providencia un tanto inexplicable, gracias a la suma de muchos amigos, que se volcaron en ayudar a la comunidad de monjas”. Ese renacer no se entiende sin las figuras de Jimena Menéndez-Pidal y de Narciso Yepes. La hija del gran filólogo de la generación del 98, además de dedicar toda su vida a la enseñanza, fue la primera presidenta de la Fundación Buenafuente del Sistal. El genial guitarrista fue uno de los grandes mecenas del monasterio, en cuyo silencio se cobijaba para componer, preparar sus conciertos por medio mundo y también para encontrarse con Dios a través de la oración. “Soy un privilegiado. Siempre digo que me han hecho mis amigos. A Narciso Yepes, además de escucharle en los conciertos que nos regaló en el monasterio, le he visto en distintos escenarios de España y de Francia”.

Las ruinas se fueron levantando, las casas del recinto quedaron restauradas y la actividad del monasterio se completó con un servicio asistencial inédito para los pueblos de la zona. Las Hermanas de la Caridad de Santa Ana se hicieron cargo de la misión rural de ayuda a domicilio, un servicio totalmente novedoso en la comarca destinado a los mayores que vivían solos. “Supuso una eclosión y fuimos pioneros. Años después llegarían las viviendas tuteladas, pero entonces no había nada”. Era una asistencia completa, ofreciendo un hogar asistido dentro del monasterio para completar el ciclo en los momentos finales en los que los ancianos no se valían por sí solos.

Buenafuente se ha convertido en un centro mundial de la oración. Personas públicas y anónimas acuden a reencontrase con Dios y también con uno mismo. En ese ambiente de recogimiento, la vida pasa tan despacio que apenas hay movimiento que altere el silencio. Pero a veces ocurren situaciones inesperadas. “He tenido trato con Eleuterio Sánchez, El Lute. Una noche, después de una larga charla, le ofrecí que se quedara. Cuando quisimos entrar a la hospedería estaba cerrada y yo no tenía llaves. Cogimos una escalera y brincamos el muro”. La escena entre el delincuente -famoso por sus fugas- y el capellán saltando la tapia y colándose después por una de las ventanas es propia del cine de Berlanga o de Buñuel.

Ángel Moreno es autor de medio centenar de libros, fruto de su profunda formación teológica, de su experiencia como capellán del monasterio -también como compañero espiritual de miles de fieles- y del testimonio de sus 52 años como sacerdote de los pueblos de la zona. La niña de sus ojos es Palabras Entrañables, una obra “que fue escrita de rodillas”, que ha cumplido doce ediciones y que “parte del reto de aceptarse a uno mismo bajo la premisa de que Dios te quiere tal y como eres”. Lleva 40 años de vicario episcopal para la Vida Consagrada y ha dado ejercicios espirituales por toda España, Italia, Francia, Alemania, Bolivia, Colombia o Puerto Rico. En un año normal, cada mes recorría en coche más de 4.000 kilómetros. “En toda mi vida habré tenido ocho o nueve coches, que dejé con no menos de 300.000 kilómetros”. ¿Qué futuro le espera a Buenafuente? “Yo vine para cerrar el convento y un acontecimiento inesperado me ha hecho ser testigo de una realidad que no es fruto de mis manos”. Dios proveerá.