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Javier del Castillo

Javier del Castillo


Líderes con pies de barro

28/02/2022

En apenas unos días, Casado se ha quedado más sólo que la una. Intentó pararle los pies a Ayuso, erró en la estrategia y ha pagado cara su osadía. Vamos, que le ha salido el tiro por la culata. Su mano derecha, García Egea, experto en el lanzamiento de huesos de aceitunas, ha dado en la diana: se ha cargado al jefe. Un jefe, por cierto, que estaba ya bastante tocado, después del bochornoso espectáculo del diputado Casero en la votación de la ley de la reforma laboral y de los últimos resultados electorales.
Pero no voy a insistir aquí en la crisis del PP, sino en las circunstancias que han determinado la caída fulminante de algunas de las promesas más recientes de la política española. Primero fue Rivera, luego Iglesias y ahora Casado. En la retina de todos nosotros está presente la imagen de estos tres jóvenes políticos   intentando acorralar a Sánchez o dándose mandobles entre ellos durante los debates de las elecciones generales de 2019.
A Rivera le pudo la ambición, la cabezonería y la convicción de que era el líder preferido por el poder económico para un gobierno moderado. Tras su retirada de la política, Ciudadanos ha ido dando tumbos, acumulando errores en mociones de censura mal calculadas, hasta terminar en la más absoluta insignificancia. 
Iglesias iba a asaltar los cielos, pero se le olvidó poner los pies en la tierra.   Dejó la vicepresidencia del Gobierno con el objetivo de parar a Ayuso, convencido de que Madrid volvería muchos años después a ser una plaza gobernada por la izquierda, y los malos resultados le obligaron a salir corriendo, con el rabo entre las piernas. Otro líder caído. Ayuso había conseguido matar dos pájaros de un tiro: sacar a Iglesias de Moncloa y mandarle después a casa. El final de la carrera política de Iglesias es paralelo a los decepcionantes resultados de Unidas Podemos en las últimas elecciones autonómicas celebradas. 
De los tres candidatos que debatieron con Sánchez en las últimas elecciones, ya sólo nos quedaba Casado. Pero Casado ha sido víctima de su propia torpeza política y de la ayuda inestimable que le han prestado en ese proceso de destrucción colaboradores tan brillantes como García Egea o el diputado Casero, que logró con su voto la aprobación de la reforma laboral del gobierno de Sánchez. 
Rivera, Iglesias y Casado han tenido en sus manos la posibilidad de regenerar la política española, eran la savia nueva que podía intentar modificar los actuales mecanismos del poder, pero han caído muy pronto en el intento. ¿Víctimas de sus propios errores? Quizá, pero no sólo de sus errores. 
En nuestro país es muy frecuente encumbrar a jóvenes promesas – los periodistas tenemos bastante culpa de ello – para dejarlas caer a las primeras de cambio. La juventud puede ser un valor apreciable, pero siempre que vaya acompañado de una buena preparación, de algo de carisma y de unas gotas de liderazgo. Virtudes que no tenía Casado.
La autodestrucción de este hay que contemplarla dentro del propio contexto autodestructivo en el que nos encontramos. El ya exlíder del PP ha sorprendido a todos pidiendo la imputación de Ayuso, uno de los principales activos de su formación política. En su despedida, Casado ha llegado a decir que entiende la política como el respeto a los adversarios y «la entrega a los compañeros». 
Que se lo explique a la presidenta de Madrid y a esos «leales» compañeros que ya comienzan a posicionarse en torno a un nuevo liderazgo.