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Javier del Castillo

Javier del Castillo


La niña y el abuelo

03/05/2022

La mirada algo perdida del abuelo reflejaba el transcurrir inapelable del tiempo. Sin embargo, se le veía feliz, celebrando desde su obligado y confortable refugio la llegada de la primavera. Apoyado en los brazos de la silla de ruedas, el abuelo pone su mano derecha sobre la mano izquierda de su nieta, que le sonríe abiertamente, mientras le cuenta algo relacionado con el colegio y las canastas que metió en su último partido de baloncesto. Después de un intercambio de miradas, la niña observa a su abuelo con atención y le hace una confesión que le sale de dentro: «Abuelo, ¡qué ojos más bonitos tienes!». 
El abuelo se emociona al escuchar sus palabras. Sonríe y trata de asimilar el piropo de la nieta. Parece descolocado y sorprendido ante lo que acaba de decirle la más pequeña de la familia. Se queda sin capacidad de reacción inmediata; sin saber qué decirle, aparte de gracias. Los años no han pasado en balde y el abuelo necesita tomarse un respiro, recuperarse emocionalmente de una confesión que le ha dejado sin palabras. Fuera de juego. 
El halago está claro que debilita, incluso a las personas mayores. Así que trata de recomponerse de la emoción, mira a su nieta con ternura y le pregunta lo siguiente: «¿y tú de qué color tienes los tuyos?». «Yo los tengo verdes, abuelo», le dice la niña aproximándose un poco más al único abuelo que le queda. 
Quizá el abuelo no pueda apreciar con nitidez el verdor de los ojos de esa niña que le mira tan de cerca, pero seguro que para él son los ojos más hermosos que haya visto nunca. ¡Y a ver quién es el valiente que se atreve a decirle en ese momento que exagera! ¡A ver quién es capaz de poner en duda que esos dos pequeños espejos que tiene delante de él no son los más bellos del planeta! 
Me viene a la memoria esta escena de la primavera de 2011 cuando observo que más de dos años después de la aparición del Covid-19 muchos de nuestros mayores siguen soñando todavía con poder ver de cerca los ojos y la sonrisa de sus nietos. Otros muchos ni siguieran han podido despedirse de ellos. Recuerdo aquella breve pero emotiva conversación entre la nieta y el abuelo, como recuerdo otras historias familiares, aparentemente sencillas e insignificantes, y que sin embargo dan sentido a la vida, al tiempo que facilitan afrontar con buen ánimo los malos momentos. 
Son anécdotas y acontecimientos cotidianos que ayudan a entender y valorar la importancia de los pequeños gestos, el efecto curativo y reparador de los pequeños detalles: la mirada de una niña fue capaz de devolver el brillo a los ojos cansados del abuelo, como cuando era joven. En situaciones así, uno se da cuenta de que las cosas importantes no son más que una suma de detalles aparentemente inocentes y superficiales. 
Hoy podía haber escrito esta columna sobre el resultado de las elecciones presidenciales francesas, o sobre la cita electoral del 19 de junio en Andalucía, o sobre la que están liando otra vez los independentistas catalanes porque han sido espiados por el CNI, o sobre el real decreto que regula la Monarquía, o sobre los horrores y desastres provocados por la invasión de Ucrania después de más de dos meses de combates… 
Sin embargo, hay muchas historias y situaciones de las que apenas se habla en los medios de comunicación, cosas que nos ayudan a poner los pies en el suelo y nos invitan a contemplar de cerca los ojos de un abuelo.