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La Picota de Fuentenovilla (15 de noviembre de 1877)

Plácido Ballesteros
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Guadalajara en 'La Ilustración Española y Americana'

La Picota de Fuentenovilla (15 de noviembre de 1877)

Pocos son los datos que tenemos de las circunstancias y la cronología de los viajes que el pintor Isidoro Salcedo y Echevarria realizó por La Alcarria en las décadas de los años setenta y ochenta del siglo XIX en los que realizó numerosos dibujos de los principales monumentos de las poblaciones que visitó. A día de hoy sólo podemos precisar la fecha en la que iban apareciendo en el semanario madrileño La Ilustración Española y Americana los grabados que reproducían sus obras.

Por ello no podemos determinar si los dos dibujos que nos dejó de Fuentenovilla, a los que dedicaremos nuestra atención en esta entrega, los realizó en una misma ocasión o son fruto de estancias diferentes en aquella localidad bajo alcarreña.    

El primero de ellos, dedicado a la picota de la villa, sin lugar a dudas la más bella de las existentes en la provincia y una de las más interesantes del mundo, les mereció una atención destacada a los responsables de la revista ilustrada, pues el grabado ocupa casi la totalidad de una de las páginas del número publicado el día 15 de noviembre de 1877. 

Se trata de un dibujo realizado con un detalle y una maestría excepcional que nos permite conocer el estado que presentaba el monumento hace siglo y medio. 

Al dibujo de Salcedo, que por su fecha es seguramente la primera imagen de entre los miles de dibujos y fotografías que reproducen la picota de Fuentenovilla con las que contamos en la actualidad, le acompaña en las páginas de La Ilustración una amplia descripción del monumento, realizada por el periodista Eusebio Martínez de Velasco: 

«En la provincia de Guadalajara y partido judicial de Pastrana, a tres kilómetros del rio Tajuña, y al principio de una planicie que hay en la cumbre de elevado cerro, está, situada la antigua población de Fuentenovilla.

Los soldados del archiduque Carlos de Austria incendiaron el archivo de la villa en el año 1712, siendo destruidos los documentos que atestiguaban la noble historia y los especiales privilegios de aquélla.

Aún existe en el centro de la plaza el Rollo o Picota que reproduce nuestro primer grabado de la pág. 309 (según dibujo del natural por el Sr. Salcedo), que es uno de los tres únicos monumentos artísticos de algún interés que hoy conserva la población. Los otros dos son la fuente pública y la iglesia parroquial.

Este rollo o picota mide metros 10,33 de elevación, sin contar la cruz, que tiene un metro, y la grada inferior mide 14 metros de circunferencia por 0,47 de altura. Sobre un primer basamento se levanta la columna, que mide metros 6,26, y en su base, hoy un tanto informe, se adivinan cuatro graciosas hojas que coincidirían con los ángulos de un supuesto plinto, o quizá, siendo una basa ática, estas hojas se desarrollan sobre el toro inferior, y entre éste y el superior, en el espacio correspondiente al hueco de las hojas, se interpreta una pequeña cabeza, ya casi destruida.

El fuste está dividido en dos partes, a un tercio de su altura, por un junquillo, una faja con tríglifos o ranuras y un listel, de donde arranca una moldura toroidal muy desarrollada, en la que apoya una especie de collar de hojas caprichosas, y desde éstas hasta el capitel aparece ya estriado.

Entre los toros del voluminoso capitel corren otras hojas, interrumpidas por cuatro figuras monstruosas, que hacen las veces de volutas salientes, y en representación de la parte inferior del cuerpo, terminan con una forma curva arquitectónica, igual en las cuatro, aunque dos de ellas de cabellera ensortijada, tienen el pecho cubierto de plumas, así como las alas, en lugar de brazos, que sirven de soportes, y una cinta o paño estrecho y plegado parece sujetarlas entre sí a una roseta que ocupa el centro de cada uno de sus cuatro frentes, pasando por detrás de las cabezas.

Sobre tres estrechas fajas se apoya un balconcillo, con cuatro balaustres pequeños y pesados a cada frente, y otros cuadrados en los ángulos, en los que descansan sobre chatos pedestales unos vasos de graciosa forma, adornados de gallones y teniendo una bola en su parte superior.

Coronándolo todo, sale del balconcillo una pirámide truncada por un talón muy volado, presentando el aspecto de tres pirámides sobrepuestas, en las que hay algunas curiosas molduras. Una sencilla cruz de hierro con su veleta termina este monumento, cuyo origen y objeto no se sabe a punto fijo.

Por la posición que ocupa dentro del pueblo, y porque no presenta indicio de haber tenido cadenas ni argollas de hierro, créese que fuese construido para señalar la jurisdicción de villa, y en tal caso le conviene el nombre de Rollo; mas el pueblo conserva tradición de que antiguamente se ajusticiaba “en las cabezas de las viejas” que forman las volutas del capitel, y por esta causa han intentado destruir el monumento, en época no lejana, algunos alborotadores. EUSEBIO MARTÍNEZ DE VELASCO»

Este interesante texto, que no ha sido tenido en cuenta por ninguno de los autores que se ha ocupado posteriormente del monumento, a pesar de estar escrito con la terminología, hoy superada, que los autores de finales del siglo XIX empleaban para describir los estilos y elementos artísticos de la arquitectura y la escultura, nos permite precisar algunas cuestiones relevantes sobre nuestra picota.  

Por su estado de conservación en aquellos momentos, nos aclara que las figuras que rematan el capitel no son simples «cabezas leoninas» como algunos autores actuales se limitan a indica en sus descripciones, sino figuras fantásticas que nos han de llevar sin lugar a dudas a pensar en el mundo de los grutescos y la mitología propio de la creación de un artista que ha de ser identificado como un profundo conocedor del Renacimiento italiano. 

Esta línea de trabajo, apuntada por varios autores que se han ocupado del monumento y que fue ya recogida en el informe que sirvió de base para declararlo Bien de Interés Cultural en 1992, ha sido confirmada por las investigaciones de Aurelio García López. Este autor en su obraFuentenovilla en la Edad Moderna, publicado en 2015, ha conseguido reunir documentación suficiente como para poder fechar su construcción antes de 1534 y atribuir fehacientemente su traza al arquitecto Nicolás de Adonza, vecino de Mondéjar, que era hijo del arquitecto italiano Cristobal de Aldonza, que estuvo al servicio de los Marqueses de Mondéjar.

Otra cuestión a tener en cuenta es la información que nos da el señor Martínez de Velasco sobre el intento, afortunadamente fallido, de destruir el monumento en aquellos años. Una actuación que hemos de situar en la interpretación ideológica del monumento. Nos referimos a la interesantísima distinción entre «rollo» y «picota» realizada por aquel intelectual de la segunda mitad del siglo XIX.

Si hubiera sido considerado por los vecinos de Fuentenovilla como «rollo» no hubiera corrido en aquellas décadas ningún peligro, pues hubieran visto en él un elemento simplemente ornamental, que representaba la jurisdicción propia de las autoridades de la localidad al tener el status jurídico de villa. 

Pero, como nos dice el autor, en aquellos años del liberalismo decimonónico triunfante era identificada por los vecinos como la «picota». Es decir con el monolito en el que «antiguamente se ajusticiaba». 

Así las cosas, en la mentalidad de un sector de la población de aquella época no era un monumento; sino el lugar en el que las autoridades del Antiguo Régimen escarnecían a los condenados no hacía tantas décadas. Era así un elemento feudal más a destruir por los liberales radicales, no una obra de arte.

¿No les recuerda todo ello, salvando las distancias cronológicas, a un debate muy actual sobre determinados monumentos?