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Antonio Herraiz

DESDE EL ALTO TAJO

Antonio Herraiz


El tren del sueño

22/07/2022

Es el mismo tren en el que mi madre nos llevaba todas las navidades a Madrid. Aquel convoy de asientos de escay color granate enfrentados dos a dos en los que entonces se fumaba. Se fumaba mucho, como si aquellos que lo hacían estuvieran esperando a que arrancara el tren para encender el pitillo. No podía ser antes, ni tampoco al bajarse. Estaba tan normalizado que nadie lo cuestionaba.
Aquel tren nos llevaba a uno de los acontecimientos del año. Se trataba de ver un pase infantil ante las puertas de un gran centro comercial con música y movimiento de muñecos animados. Me impactó especialmente el año en el que, en la calle Preciados, un Gulliver gigante se situaba frente a las cabecitas de los niños. Un pase extraordinario para los que no pisábamos Madrid el resto del año. La sensación de lo nuevo, que es insuperable a la que experimentas cuando tienes de todo al alcance de la mano y en el momento que te apetece.
Es el mismo tren en el que después viajamos y soñamos -de forma literal y figurada- camino de la facultad. Los asientos ya no eran tan cómodos, pero era habitual ver rostros vencidos por el madrugón y ojos cerrados que solo se abrían al paso del revisor. Antes pedían el billete con mucha más frecuencia que ahora, lo que ha evitado a más de uno saltarse la estación de su destino y acabar en Cercedilla o en El Escorial. En ese tren había proyectos de ingenieros, de arquitectos, de médicos y de algún que otro periodista. Unos paraban en Alcalá y otros prolongaban el viaje hasta Madrid. Todos camino de un objetivo: estudiar una carrera para terminar trabajando en lo que habías elegido puede que siendo aún un niño. Eso que entonces llamaban vocación y que ha sido sustituido ahora por el 'mamá, quiero ser influencer'. Igual también los sueños de los influencer viajen en ese tren. Lo desconozco.  
Ya entonces viajar cada día a Alcalá o a Madrid suponía un pico. Si eras fijo del tren, te pillabas el mensual y tratabas de amortizarlo. Pero si lo combinabas con el servicio del autobús Continental, tenías que agudizar el ingenio que incluso llevaba a la picaresca. La Comunidad de Madrid ya tenía sus títulos de transporte con tarifas por zonas, pero no llegaban a Castilla-La Mancha. La Universidad de Alcalá sacó uno propio que te permitía sólo viajar hasta ese punto y no a Madrid. La Junta llevaba tiempo tratando de convencer al Gobierno madrileño para que ese abono se extendiera a Guadalajara y a Toledo y la respuesta siempre era la misma: estamos de acuerdo, pero hay que poner más dinero encima de la mesa.
Para que salgan adelante decisiones que afectan a dos comunidades tiene que haber voluntad política, que es la que tuvo el entonces consejero de Obras Públicas, Alejandro Gil, recién estrenado el nuevo siglo. Presentó el proyecto en una comparecencia que se le fue al traste porque un jovencísimo periodista que viajaba a diario a Madrid le demostró que ese título que estaban presentando era más caro que hacerlo con las tarifas vigentes. A los pocos días, volvió a convocar a los medios anunciando la reducción oportuna, que sí que convertía el nuevo abono en atractivo para los viajeros.
La reciente renovación del acuerdo entre Page y Ayuso da continuidad a este proyecto del que se benefician más de 20.000 personas. Su firma entre los dos presidentes coincidía con el anuncio de Sánchez sobre la gratuidad del Cercanías hasta final de año, cuyo desarrollo presenta todavía muchas dudas, con una fundamental: que el populismo improvisado permite que el pueblo lo celebre a corto plazo, aunque nadie tenga duda de que el coste que tengamos que pagar entre todos en un futuro será mucho mayor.  Sin distinguir entre ricos y pobres, eso que tanto le gusta a este Gobierno.

«La gratuidad del Cercanías no distingue entre ricos y pobres y todos se beneficiarán por igual»