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Javier del Castillo

Javier del Castillo


Con la gasolina en la reserva

11/07/2022

«La gente tiene ganas de fiesta», le escuché decir el otro día en la radio al alcalde de Pamplona, unas horas antes de que el exfutbolista Juan Carlos Unzúe, enfermo de ELA, lanzara el chupinazo de los Sanfermines. Hay ganas de fiesta, a pesar de todo. Ganas de recuperar la calle y las tradiciones suspendidas durante más de dos años por culpa de la pandemia. Ganas de correr en los encierros y de sacar del armario el pañuelo rojo y la camisa blanca de la peña con olor a naftalina. En definitiva, desquitarnos de los muchos otros encierros a los que nos hemos visto obligados desde la aparición del maldito coronavirus en nuestras vidas.
Sin embargo, aquí parece que nos haya mirado un tuerto, justo cuando nos las prometíamos muy felices y todo hacía prever que este sería ya un buen verano, aunque con menos dinero en la cartera. O, al menos, más parecido a esos recordados y anhelados períodos vacacionales que disfrutábamos antes de la crisis. No contábamos con la implacable ley de Murphy: «Nada es nunca tan malo que no pueda empeorar». 
Nos persiguen las desgracias, como los morlacos a los corredores de los Sanfermines. Cuando estábamos ya a punto de olvidar las mascarillas, y nos acostumbrábamos a vernos de nuevo las caras sin tapabocas, resulta que se disparan otra vez los contagios por exceso de confianza y vuelve a cundir el miedo y la alarma, especialmente entre el personal sanitario. 
Después de numerosos aplazamientos -viajes, bodas, fiestas, conciertos y celebraciones varias-, creíamos adivinar en este caluroso verano de 2022 un punto de inflexión. Intentábamos vislumbrar en estos meses de estío una recuperación de esa normalidad que tanta falta nos hace. Incluso, afrontando el varapalo de la inflación en nuestras economías familiares y las malas perspectivas que se anuncian para el próximo otoño. Vivir al día se hace incluso más obligado, a la vista de los nubarrones que nos anuncian los indicadores económicos, aunque le cueste mucho aceptarlo a la señora Calviño.
Nunca hasta ahora habíamos sentido tanto temblor de piernas      -alarma, miedo, por no decir pánico- al encenderse el señalizador de «gasolina en la reserva», ni jamás habíamos dudado tanto de que se habría equivocado la cajera del supermercado al contabilizar la compra de la semana. A la inflación del 10,2%, que según Sánchez estaría ya en el 15%, de no haber sido por la intervención generosa de su Gobierno -y al precio desorbitado de los carburantes, que casi duplican el precio de hace un año, se suma ahora el miedo a contagiarnos de nuevo con el Covid-. 
«Si algo puede salir mal, saldrá», apunta otra de las leyes de Murphy, aunque dicha norma no parece haber tenido en cuenta la contrastada capacidad de resistencia de los ciudadanos españoles. A lo largo de estos últimos años, hemos sobrevivido a todo tipo de desgracias, algunas importadas y otras generadas por la propia ineptitud y torpeza de nuestra clase dirigente, y a nadie se le oculta que somos un pueblo trabajador y curtido ante las dificultades. Un pueblo capaz de superar situaciones de emergencia. Un pueblo perseverante, dispuesto a sobreponerse a quienes generan buena parte de nuestros problemas, en lugar de buscarle soluciones a los ya existentes.
Si algo tiene este verano de bueno es que será bastante mejor que el próximo otoño. Eso sí, acabaremos todos con la gasolina en la reserva.