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La catástrofe de Brihuega (22 de septiembre de 1877)

Plácido Ballesteros
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Guadalajara en 'La Ilustración Española y Americana'

La catástrofe de Brihuega (22 de septiembre de 1877)

El 22 de septiembre de 1877, dos semanas después de ocurrir la gran inundación que anegó buena parte de las calles de Brihuega, apareció en las páginas del semanario madrileño La Ilustración Española y Americana la crónica que copiamos íntegra en los párrafos que siguen, acompañada del impactante grabado que ofrecemos hoy como ilustración principal, realizado en los talleres de la revista basándose en el dibujo que el capitán de ingenieros Manuel Capo, uno de los oficiales que mandaban las tropas que acudieron a la villa para prestar ayuda ante la magnitud del suceso, realizó in situ:  

«Terrible fue la que sufrió esta renombrada villa en los días 5 y 6 del actual, a consecuencia de las lluvias torrenciales que descargaron sobre la población y su término: hacia las dos de la tarde del primer día la vertiente natural de las aguas formó un vastísimo depósito, con impetuosa corriente, en la zona central del pueblo, o sea en la plaza de Merino, calles de las Bernardas, Oscura y Armas, y travesías de la Aceitería y Barrientos;a las seis se presentó una nueva inundación, más copiosa que la anterior; hasta las once de la noche se renovó la avenida nada menos que cinco veces, con intervalos de pocos minutos.

Entonces, bajo un cielo encapotado y entre el fulgor de los relámpagos y el ruido del trueno, empezaron a desplomarse con horrísono estruendo numerosos edificios: fue el primero la casa del Sr. Rodríguez Mendarozqueta, socavada en sus cimientos por las aguas que se habían introducido en la bodega, derribando con su empuje las sólidas cimbras de aquélla; a la una de la madrugada se desplomó súbitamente la del Dr. Serrada, sin que se consiguiera salvar ni aun los muebles de las habitaciones; y a las tres, la del señor Pareja, administrador de Correos, con el mismo fatal resultado.

Posteriormente, durante el día 6, se arruinaron hasta cincuenta casas y una gran parte del convento de Recoletas Bernardas, y hállanse todavía setenta más denunciadas como ruinosas.

¿Quién sabría pintar con acierto el lastimoso cuadro que presentaba entonces la villa de Brihuega? Resonaban gritos de terror y ayes de angustia; las familias, huyendo del peligro, corrían desoladas sin saber a dónde; las autoridades todas, en especial el digno alcalde D. Fernando Sepúlveda, adoptaban con gran discreción medidas convenientes para limitar en lo posible la desgracia, y prestaban auxilios con caritativo celo a los muchos infelices que habían perdido su hogar y hasta su porvenir.

En la pág. 196 damos un grabado alusivo a esta catástrofe, según dibujo del natural por el Sr. D. Manuel Capo, capitán de Ingenieros del Ejército.

Los hijos de Brihuega que residen en Madrid, afligidos ante las desgracias de su pueblo natal, y respondiendo noblemente al sentido llamamiento a la caridad pública dirigido por el celoso alcalde de la localidad, ya citado, han celebrado algunas reuniones para acordar los medios de socorrer a sus conciudadanos desvalidos, determinando abrir una suscrición pecuniaria en las oficinas del diario político La España: acudan allí las personas generosas que deseen ofrecer su óbolo para remediar en lo posible las dolorosas consecuencias de una catástrofe tan grande». 

En nuestra búsqueda de más información coetánea sobre aquel triste suceso en la prensa histórica de Guadalajara sólo he localizado otras dos noticias del mismo, aparecidas ambas en el Boletín Oficial de la Provincia los días 8 y 12 de septiembre. No obstante, los datos ofrecidos en aquellos dos partes oficiales nos permiten completar la crónica del periódico madrileño. 

Por el contenido del comunicado que el 7 de septiembre, al día siguiente de ocurrir los hechos, dirigió el Gobernador Civil, Antonio Alcalá Galiano, a todos los habitantes de la provincia, publicado en el Boletín como número extraordinario el día 8, sabemos que la espantosa tempestad no sólo asoló la villa del Tajuña. Según este relato, las lluvias torrenciales, que descargaron sobre una gran parte de la provincia, inundaron también varias zonas de la capital, interrumpieron la vía férrea e inutilizaron la comunicación telegráfica entre Guadalajara y la capital del Reino. 

Restablecida la comunicación, se dio cuenta puntual de los siniestros ocurridos en toda la provincia al Ministerio de la Gobernación, desde el que se habilitó un crédito extraordinario de 5.000 pesetas a favor de las víctimas de las inundaciones. Cantidad muy elevada para aquella época, que nos permite deducir que los daños ocasionados por la catástrofe debieron ser muy cuantiosos.

Tantos fueron los pueblos afectados y tan terribles debieron ser las pérdidas producidas, que el Gobernador Civil consideró necesario visitar personalmente los pueblos más afectados. Sabemos que el día 7 estuvo en Brihuega, donde con el consejo de los oficiales del Cuerpo de Ingenieros que le acompañaban tuvo que tomar medidas muy drásticas, como la demolición de algunas casas que aún seguían en pie, pero que estaban seriamente afectadas en sus estructuras y cimientos. Y que las visitas a otras localidades, sin que podamos precisar a cuáles, continuaron al menos hasta el día 12.

Ese día, el 12 de septiembre de 1877, apareció un nuevo número extraordinario del Boletín Oficial de la Provincia que recogía otro comunicado a todos los habitantes de la provincia, firmado esta vez por Ignacio del Valle, secretario del Gobierno Civil, en ausencia del Gobernador que se hallaba «recorriendo los desgraciados pueblos que tanto han sufrido, prestándoles … los auxilios necesarios, y procurando reanimar su abatido espíritu». 

La finalidad del nuevo comunicado era anunciar que la Secretaría de la Intendencia de la Casa Real había comunicado al Gobierno Civil por telegrama que el monarca, Alfonso XII, enterado de la catástrofe, al conocer la magnitud de la misma, había decidido realizar un donativo de 5.000 pesetas para tratar de remediar en lo posible los efectos de las inundaciones.

A pesar de las ayudas oficiales, las consecuencias en Brihuega de la catástrofe fueron terribles, de manera que treinta años después, en 1906, cuando el bisemanario El Briocense se hizo eco de la triste efeméride en su número del 15 de septiembre, sus redactores consignaron «que la mayor parte de los edificios destruidos continúan en ruina». Unos edificios que nunca se volvieron a levantar; construyéndose años más tarde en aquellos solares el denominado Jardinillo. Y, aunque el convento sí fue reconstruido, nunca consiguió recuperarse del todo de los daños sufridos, de manera que, pasadas unas décadas, en 1966 fue definitivamente demolido.