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Adiós para siempre a Mariúpol

Agencias-SPC
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Las tropas rusas han conseguido el control definitivo de una ciudad de la que han huido miles de civiles que ni siquiera se plantean regresar

Varias ucranianas huyen de Mariúpol hacia Zaporiyia en un autobús de evacuación. - Foto: STRINGER

Después de casi tres meses de ofensiva en Mariúpol, ciudad clave para el Kremlin para establecer un corredor entre Crimea y el Donbás, y miles de civiles muertos, el Ejército ruso ya puede sumarse un nuevo triunfo al dar por concluida esta misma semana su misión en la localidad con la rendición de la última resistencia en la acería de Azovstal.

Un largo asedio que ha obligado a miles de ucranianos a decir adiós para siempre a Mariúpol tras una desesperada huida que ha llevado a muchos hasta Zaporiyia. Allí han llegado en los últimos meses 250.000 personas en busca de refugio hasta que decidan volver, quedarse, o marcharse hacia el oeste.

Marina y Olena son dos de esas desplazadas. Llevan pocos días en el centro de protección que una organización ha montado en los sótanos de una enorme fábrica que funciona a medio gas. Ahora tienen acceso a una cama, luz, comida, internet, agua y otras necesidades básicas que no podían cubrir en su ciudad, donde vivían bajo tierra.

Un grupo de soldados prorrusos llevan un cadáver carbonizado a la morgue de la ciudad. Un grupo de soldados prorrusos llevan un cadáver carbonizado a la morgue de la ciudad. - Foto: ALEXANDER ERMOCHENKOLlegaron de Mariúpol el mismo día que la ONU logró sacar de Azovstal a un centenar de personas. «Había mucha gente que quería salir, pero no había autobuses para los que queríamos ir a Ucrania, solo se podía ir a la parte rusa, y las evacuaciones que se anunciaban nunca llegaban», lamenta Olena. Al final emprendieron el viaje por su cuenta: les costó 24 horas un recorrido de 240 kilómetros, porque tuvieron que hacer noche en Bezimenne, en uno de los puntos de control rusos. 

No les gusta el refugio porque aquí también están bajo tierra pero están aliviadas de haber dejado el infierno atrás. Cuando un misil destruyó parcialmente su casa, Olena se bajó a vivir con 200 vecinos al aparcamiento del edificio. Salían a la superficie a veces, por ejemplo, para buscar agua en las canalizaciones de la ciudad. A veces la comida la conseguían, confiesa, entrando a las tiendas abandonadas, con cadáveres dentro. «Así murió un joven que estaba con nosotros en el refugio. Salió a conseguir agua y ya nunca regresó», cuenta. 

Olena cree que cuando dejó Mariúpol el pasado 2 de mayo lo hizo para nunca volver. «No es Ucrania ya, me gustaría que lo pueda volver a ser, pero creo que es difícil y yo no voy a volver a Rusia». Dice que no desea lo que ella pasó ni a su mayor enemigo, a ningún soldado ruso, ni siquiera a Putin. «Mariúpol era una ciudad rica y preciosa, lo tenía todo, todo lo que yo necesitaba para ser feliz», lamenta.

La acería de Azovstal, cuyo control consiguió el Kremlin recientemente, ha sido el símbolo de la resistencia.La acería de Azovstal, cuyo control consiguió el Kremlin recientemente, ha sido el símbolo de la resistencia. - Foto: ALEXANDER ERMOCHENKOTampoco su amiga Marina piensa en regresar. De hecho, quiere huir lejos: «Tengo unos amigos en Irlanda y me gustaría vivir allí pero no me puedo ir sin mi marido». En el centro de refugiados le han pedido que descanse unos días antes de salir hacia el oeste, pero ella considera que en Zaporiyia no tiene nada que hacer. Quiere trabajar.

La directora del refugio, Kateryna Chernova, explica que el impulso de correr lo tienen buena parte de los ucranianos que llegan a su centro, concebido como un espacio temporal en el que quedarse entre dos y 10 días, aunque hay quien se queda más como Mijail.

También es de Mariúpol y no sabe adónde ir. De momento tiene que esperar a que su madre, de 82 años, salga del hospital de Zaporiyia donde está ingresada. «Mi hija y mi mujer se fueron a Polonia pero yo no puedo salir. No sé lo que haremos, de momento no me planteo otra cosa que quedarme», relata.

Una residente transporta un carro con ayuda humanitaria frente a un edificio destruido por los ataques. Una residente transporta un carro con ayuda humanitaria frente a un edificio destruido por los ataques. - Foto: ALEXANDER ERMOCHENKOMaria, una estudiante de 17 años, es otra de las personas que consiguió huir de la ciudad portuaria junto a sus padres, su hermana pequeña y su gato. Ahora la familia se encuentra a salvo en un país europeo que no quiere especificar, pero tuvo que afrontar un dramático periplo sorteando minas y trampas hasta llegar a Zaporiyia. Desde allí, se desplazaron a Leópolis, y después consiguieron cruzar la frontera ucraniana hasta un lugar donde los médicos tratan de salvar el ojo del padre de Maria tras una paliza de los soldados en su huida.

El Ejército vigila las calles de la localidad mientras pasan civiles.
El Ejército vigila las calles de la localidad mientras pasan civiles. - Foto: SERGEI ILNITSKY