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Antonio Herraiz

DESDE EL ALTO TAJO

Antonio Herraiz


Tierra Vieja

01/07/2022

A Antonio Pérez Henares le hizo más ilusión presentar su última novela el martes en Guadalajara que si le hubieran concedido el Planeta. No es que no le apetezca un galardón tan goloso -por el prestigio y por la pasta-, pero sabe del mamoneo que hay detrás de casi todos los premios literarios y de los intereses que marcan las editoriales. Aunque la comparación puede resultar exagerada, va en línea con el gustazo que supone siempre volver al único lugar que es tu verdadera patria porque ahí está parte de tu infancia.
Como lector de Chani desde hace un buen puñado de años, cuando termino su último libro publicado llego a la conclusión de que es su obra cumbre, no por ser la novedad, sino porque siempre sorprende y rompe esquemas. Me pasó con La Tierra de Álvar Fáñez, me ocurrió con La Canción del Bisonte y es la misma sensación que me dejó El Rey Pequeño, la gran novela de Alfonso VIII. Cierto es que con Cabeza de Vaca tuve sensaciones más contradictorias, porque el completo rigor histórico que aporta al inicio para presentar a un personaje tan desconocido como el jerezano Álvar Núñez Cabeza de Vaca me llevó, en ocasiones, por terrenos un tanto farragosos.
Tierra Vieja es la novela que Pérez Henares debía a su tierra, de la que hace bandera no como un sentimiento de posesión. «Soy yo el que le pertenezco a ella». Ya no son protagonistas los reyes, ni los nobles, ni tampoco esos conquistadores que cambiaron tanto la historia de España como la del mundo entero. En Tierra Vieja mandan los hombres y mujeres que repoblaron y que hicieron posible, en gran parte, lo que conocemos hoy. No esperen la historia de la Reconquista, que tantas veces nos han contado, sino una epopeya que nos traslada a los siglos XII y XIII con las gentes que hicieron suya una tierra que después heredaron generación tras generación.
Chani tiene una memoria histórica insuperable y retrata con gran precisión una forma de vida basada en la agricultura de subsistencia y que no hace tanto primaba en nuestros pueblos. En parte la vivió y lo que no vieron sus ojos se la han contado, con el propio legado de sus antepasados o a través del siempre sabio romancero castellano. Quizá sea ese punto biográfico lo que provoca una identificación inmediata entre el lector y los personajes. En aquellas fronteras del Henares, el Tajo y el Guadiana, en el Bujalaro natal del autor, aparece un Valentín que fue su abuelo y que todos los que tenemos vínculos con el medio rural identificamos con el nuestro, ya se llamara Martín o Julián, ya fuera de Fuentes de la Alcarria o de Armallones. Cuando el pasado es común y se comparte con la generosidad y pulcritud histórica con la que lo hace el escritor de Tierra Vieja, la sintonía que logra con el lector es total.
No sé si es la obra más personal de Chani o si es su novela culmen. Tengo claro que no va a ser la última, porque en su cabaña de Albalate, con el Thorin como testigo, ya anda enfrascado en su nuevo proyecto. Y no tengo ninguna duda tampoco de que en esta Guadalajara que tan poco se quiere a sí misma, nunca le estaremos lo suficientemente agradecidos a Chani. No hay campañas de publicidad, ni pública ni privada, capaces de llevar el nombre de la provincia donde lo ha llevado él. No hay dinero institucional suficiente para pagar la difusión que ha hecho Pérez Henares, trasladando las bondades de esta tierra a todos los rincones, cantándolas a los cuatro vientos por televisión, por radio, por prensa y, cómo no, en sus libros, como en esta Tierra Vieja.