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El regreso a los orígenes

Antonio Herraiz
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El museo etnográfico de Zaorejas muestra más de 250 piezas que nos trasladan a la forma de vida de nuestros antepasados. Hay herramientas del campo, utensilios de cocina, los ropajes de la época e incluso una moderna lavadora manual

El regreso a los orígenes

Florencio Nicolás (Zaorejas, 1946) tenía 12 años cuando salió por primera vez de su pueblo para estudiar. Hasta entonces, lo más lejos que había ido era a la vecina localidad de Villanueva de Alcorón, en un trayecto de poco más de diez kilómetros. Cuando llegó a la estación de Atocha con su maleta, aquella inmensidad le hizo sentir especialmente pequeño. Desde Madrid viajó hasta Alcázar de San Juan, donde estudió tres años en el colegio de los Trinitarios. De ahí al centro que esta congregación tiene en Andújar, en el santuario de la Virgen de la Cabeza, para continuar su formación en Antequera, antes de viajar a Roma, donde se licenció en Filosofía. En esos viajes le acompañó esa maleta rectangular, una especie de baúl de mano que ahora se exhibe en el museo etnográfico que el propio Florencio instaló en el año 2006 en la antigua escuela de párvulos de Zaorejas. 

El museo es un monumento al pasado, a la forma de vida de nuestros abuelos y bisabuelos. Un homenaje a las gentes que con muy poco consiguieron todo y que, sobre todo, fueron felices. Reúne más de 250 piezas que nos devuelven a un modo de subsistencia que es imprescindible conservar para comprender la evolución de la propia tecnología. Nada más entrar, sorprende una lavadora. El que se imagine algún tipo de automatismo se equivoca. Es manual y funcionaba con un curioso sistema de ventosas. «Está patentada y registrada», me cuenta Florencio, que la encontró muy deteriorada en casa de un familiar. Con un palo colocado sobre la ventosa retorcían la ropa y el agua salía y entraba por varios poros cuando subían o bajaban el utensilio. Con esta herramienta evitaban tocar la ropa, sobre todo la de los enfermos, que daba su respeto. 

Florencio comenzó este proyecto cuando se jubiló. Durante más de cuatro décadas, impartió Geografía e Historia en el instituto Castilla de Guadalajara, lo que confirma su especial sensibilidad y conocimiento sobre las cosas del pasado. Olvidados en las cámaras de las casas de familiares o en los pajares fue encontrando todo tipo de utensilios arrinconados, casi pidiendo paso al vertedero. «Fue un proceso laborioso, primero de recopilación y luego de restauración en la escuela de la Diputación en Alovera». En el museo encontramos utensilios del hogar y también todo tipo de herramientas utilizadas para las labores del campo, perfectamente ordenados y con una cuidada distribución. La artesa donde amasaban el pan, la media, el celemín, las tenazas para marcar el ganado, unas pinzas para rizar el pelo previo paso por el fuego, el calientacamas más antiguo y el más moderno en formato bolsa, alcuzas de aceite, unas modernas vertederas… También un completo espacio para los atuendos de la época, con diseños de lo más rompedores. Le pregunto por el elemento más antiguo y es imposible contestar. Se detiene en una pieza cilíndrica que se utilizaba para llevar mensajes. «Me lo encontré tirado en el vertedero, donde había quedado entre los materiales del derrumbe de una casa. El documento que conservaba dentro tiene un gran valor». Se trata de un salvoconducto que el director general de Infantería expidió en Guadalajara en 1881. Mediante ese permiso, se autorizaba a un soldado a viajar hasta Zaorejas. En el museo etnográfico se reserva también un espacio para el oficio de resinero, tan importante en las tierras del Alto Tajo, y un rincón dedicado a la apicultura. 

A Florencio le puedes preguntar por la historia de Zaorejas y también por el entorno medioambiental de su pueblo. Conoce al dedillo cada uno de los parajes, la vegetación dominante y sabe explicar el origen de los monumentos -destaca el acueducto romano- con la humildad y pedagogía de esos viejos profesores a los que todos añoramos. Es un pilar fundamental de la Asociación de Municipios Gancheros del Alto Tajo, un colectivo que cada año se afana por recuperar el oficio de aquellos hombres que de marzo a julio trasladaban miles de troncos hasta Aranjuez en auténticos bosques flotantes. «Marzo y sus marzadas se llevan las maderadas». En los pueblos hacen falta muchos Florencios, porque si olvidamos el pasado estaremos condenados a liquidar el futuro del medio rural.