Benedicto, el teólogo docto

J. Villahizán (SPC)
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El Papa Emérito cumple 95 años con la conciencia tranquila después de haber sido un celoso guardián del dogma y de la recta disciplina eclesiástica, además de un precursor del buen gobierno

Benedicto, el teólogo docto - Foto: Pier Paolo Cito

Quienes conocen al Papa Emérito Benedicto XVI sostienen que es una persona amable, accesible, discreta y tremendamente culta, un religioso docto e intelectualmente preparado, aunque firme en sus convicciones. Un gran teólogo, quizás uno de los más grandes estudiosos de Dios de la segunda mitad del siglo XX. De hecho, el académico Joseph Ratzinger fue profesor de Teología Dogmática, de Teología Fundamental y de Escatología Cristiana e, incluso, su pensamiento se hizo presente y determinó en buen grado en las directrices del Concilio Vaticano II.

El Pontífice que estuvo al frente del báculo papal casi ocho años -desde 2005 a 2013- cumplió ayer 95 años de servicio a la Iglesia Católica. En la actualidad, el religioso vive retirado en un exconvento dentro de los límites del Vaticano y protegido por la Guardia Suiza, donde reside en compañía de su secretario, el arzobispo alemán Georg Gänswein, las cuatro monjas que ya lo atendían cuando era Pontífice y algún empleado. Según sus cercanos, estudia y escribe de teología, toca en el piano obras de Bach, Mozart y Beethoven y ve las noticias en la televisión por las noches.

Cancerbero del evangelio

Cuando el cardenal Ratzinger llegó al Ministerio Petrino, era de sobra conocido que el purpurado alemán no poseía el don de gentes y la apertura de su predecesor Juan Pablo II y que el nuevo Santo Padre iba a imprimir su sello personal en el Gobierno de la Iglesia: celoso guardián del dogma y azote de los reformistas, hasta tal punto que llegó a rescatar el rito en formato latino.

«Después del gran Papa Juan Pablo II, los señores cardenales me han elegido a mí, un simple y humilde trabajador de la viña del Señor». Desde el balcón de las Bendiciones, el recién elegido Obispo de Roma saludaba a una multitud enfervorecida. El 19 de abril de 2005 arrancaba su Pontificado.

El jefe del Estado Vaticano publicó en sus casi ocho años de Ministerio tres encíclicas: Deus caritas est, en 2006, Spe salvi, en 2007 y Caritas in veritate, en 2009. Ese mismo año viaja a África y realiza unas polémicas declaraciones contra el uso del preservativo para luchar contra el sida.

Entre sus decisiones teológicas destaca la eliminación del limbo, donde iban las almas de los no bautizados, la definición del purgatorio como «un fuego interior» y la ratificación de que el infierno «del que se habla poco en este tiempo, existe y es eterno para los que cierran su corazón al amor de Dios».

Pionero de los cambios

Uno de los déficits que arrastraba la Iglesia desde siempre era una falta de concreción en el gobierno y en la comunicación institucional. Precisamente, Benedicto XVI apuesta por esta vía de transparencia y decide promulgar en 2010 un documento para luchar contra el blanqueo de dinero en las instituciones financieras vaticanas, al tiempo que destituye al entonces presidente del Banco del Vaticano. 

Durante su septenio como Obispo de Roma proclamó 34 santos y alrededor de 600 beatos, entre ellos, su predecesor Juan Pablo II, un hecho insólito, ya que en los últimos 10 siglos ningún Papa había nombrado beato a su antecesor.

El Pontificado de la mayoría de los papas termina con una enfermedad incapacitante o el fallecimiento. Sin embargo, el alemán prefirió una renuncia voluntaria. De hecho, el último Purpurado que abandonó el báculo de San Pedro fue Gregorio XII hace ya más de 600 años. 

la profecía de ratzinger. Mucho antes de que Joseph Ratzinger fuese cardenal y mucho menos Papa, el religioso germano lanzó hace ya casi un cuarto de siglo una extraña y olvidada profecía sobre el futuro de la Iglesia. Decía así: «Cuando Dios haya desaparecido totalmente para los seres humanos, experimentarán su absoluta y horrible pobreza. Y entonces descubrirán la pequeña comunidad de los creyentes como algo totalmente nuevo». 

De esta forma se expresaba el joven teólogo en 1968 en una conferencia radiofónica que llevaba por título ¿Bajo qué aspecto se presentará la Iglesia en el año 2000? El entonces profesor de teología de la Universidad de Tubina, afirmaba con contundencia que la Iglesia del siglo XXI tendría que olvidarse de los aspectos políticos para centrarse en lo espiritual. 

Las palabras del religioso sonaban renovadoras en una época de importantes convulsiones políticas. Para el teólogo no cabía duda de que la crisis que vivió la Iglesia tras el Concilio Vaticano II acabaría llevando a la institución a sus orígenes: «La Iglesia se hará pequeña, tendrá que empezar todo desde el principio», afirmaba el religioso. Hoy, casi 25 años después de esa reflexión, no puede decirse que la Iglesia sea más espiritual o más reducida, aunque quizás la profecía aún no se haya materializado.